Vladímir Putin ha vuelto a mover sus piezas diplomáticas. El presidente ruso ha aceptado, en principio, reanudar las negociaciones trilaterales con Ucrania y Estados Unidos a partir del 10 de noviembre, después de reunirse en San Petersburgo con Steve Witkoff, enviado especial de Donald Trump. El encuentro, acompañado de la liberación del ciudadano estadounidense Stephen Hubbard y de nuevas propuestas de cooperación económica, busca reactivar un proceso de paz bloqueado desde febrero.
El anuncio llega en un momento delicado para las relaciones entre Washington y Kiev. Trump ha intensificado sus críticas a Volodímir Zelenski y reclama un acuerdo para poner fin a la guerra, mientras Ucrania denuncia interrupciones en el intercambio de inteligencia y limitaciones en el acceso a servicios de comunicaciones satelitales utilizados por sus fuerzas armadas. Moscú, por su parte, mantiene sus principales exigencias territoriales y políticas. La apertura al diálogo no significa todavía que Rusia esté dispuesta a modificar las condiciones fundamentales que ha planteado para terminar el conflicto.
El encuentro en San Petersburgo se selló con una medida de alto impacto político: la liberación de Stephen Hubbard, un profesor de inglés jubilado y veterano militar de 74 años. Hubbard permanecía bajo custodia de Moscú desde abril de 2022, tras ser capturado por las fuerzas del Kremlin en la ciudad ucraniana de Izium. En octubre de 2024, un tribunal moscovita lo había condenado a seis años y diez meses de prisión bajo cargos de mercenarismo, tras acusarlo de combatir junto a las fuerzas ucranianas a cambio de un salario. Tanto el gobierno de los Estados Unidos —que lo catalogó oficialmente como «detenido injustamente»— como sus familiares han rechazado de forma tajante estas acusaciones.
Trump había pedido directamente a Putin que lo liberara. El presidente estadounidense presentó el resultado como un éxito de su gestión y destacó que no había sido necesario un intercambio de prisioneros. La liberación unilateral permitió al Kremlin exhibir una señal de buena voluntad hacia la Casa Blanca en vísperas de nuevas conversaciones sobre Ucrania.
El gesto estuvo acompañado de elogios personales. Witkoff calificó a Putin de “humanitario” y transmitió el agradecimiento de Trump por la cooperación entre ambos gobiernos. El mandatario ruso, a su vez, expresó su reconocimiento por los esfuerzos del presidente estadounidense para poner fin a la guerra.
Este intercambio de cortesías tiene una dimensión política evidente. Putin busca mantener una relación directa con Trump y reforzar la idea de que Moscú está dispuesta a negociar con Washington. Al mismo tiempo, la liberación de Hubbard ofrece al presidente estadounidense un resultado concreto que puede presentar como prueba de la eficacia de su diplomacia.
Las conversaciones trilaterales podrían reanudarse en noviembre
Según el Kremlin, Putin ha aceptado en principio retomar las negociaciones entre Rusia, Ucrania y Estados Unidos después del 10 de noviembre. Las conversaciones, que podrían celebrarse en Abu Dabi, se desarrollarían inicialmente a nivel técnico y tendrían como asunto central la creación de un sistema de seguridad para ambos países una vez terminada la guerra.
La propuesta llega después de que Witkoff se reuniera en Oslo con Zelenski, así como con representantes europeos y de la OTAN, en un encuentro donde el enviado estadounidense trasladó a Putin nuevas ideas y documentos sobre un posible acuerdo. En las deliberaciones también participó a distancia Jared Kushner, yerno de Trump, con el fin de presentar sus propias propuestas; no obstante, las declaraciones rusas reflejan reservas sobre los planteamientos discutidos en Noruega. Al respecto, el asesor del Kremlin, Yuri Ushakov, sostuvo que las nuevas propuestas de Kiev y de los europeos no satisfacían plenamente a Moscú, lo que demuestra que la distancia entre ambas partes continúa siendo considerable.
Rusia reclama el control completo de Donetsk, rechaza la futura incorporación de Ucrania a la OTAN y defiende un acuerdo global que incluya sus exigencias de seguridad. Kiev, en cambio, no acepta que la negociación se traduzca en una renuncia automática a los territorios ocupados ni en una limitación de su soberanía.
El calendario también tiene relevancia política. La posibilidad de reanudar los contactos después del 10 de noviembre sitúa las negociaciones en un contexto marcado por las elecciones legislativas estadounidenses de mitad de mandato y por la presión interna que afronta Trump. La diplomacia puede ofrecer resultados políticos a Washington, pero los plazos electorales no eliminan las diferencias que han impedido un acuerdo hasta ahora.
Desde Kiev, Zelenski ha intentado demostrar que Ucrania no es el obstáculo para la negociación. En una entrevista con Fox News, el presidente se mostró dispuesto a congelar los combates a lo largo de las actuales líneas del frente como primer paso hacia un alto el fuego.
“Sí, en este momento debemos congelar [el mapa de Ucrania]. Creo que esa es la forma real de poner fin a esta guerra”, afirmó al ser preguntado por un acuerdo que mantuviera provisionalmente las posiciones militares actuales. La propuesta no equivale a reconocer como rusos los territorios ocupados. Congelar las líneas militares supondría detener los combates donde se encuentran las fuerzas de ambos bandos, dejando para una negociación posterior las cuestiones jurídicas y políticas sobre la soberanía territorial.
Zelenski ha insistido, además, en que cualquier acuerdo debe incluir garantías de seguridad estadounidenses y europeas. Su preocupación es que un alto el fuego sin mecanismos de vigilancia, compromisos de defensa y consecuencias ante nuevas agresiones pueda convertirse en una pausa que permita a Rusia reorganizar sus fuerzas.
El presidente ucraniano también ha respaldado una reunión a tres bandas con Trump y Putin, aunque considera preferible que los países europeos participen en el proceso. “Siempre he dicho que estamos abiertos a negociar en cualquier formato y sobre cualquier asunto. Solo pido una cosa: por favor, no hablen de nosotros sin nosotros”, ha señalado.
La posición de Kiev responde a una necesidad diplomática: mostrar flexibilidad sobre el método para detener la guerra sin aceptar de antemano las condiciones finales que pretende imponer Moscú. La congelación del frente podría constituir un punto de partida, pero no resolvería por sí misma el futuro de los territorios ocupados, la relación de Ucrania con la OTAN ni las garantías para evitar una nueva ofensiva.
Trump presiona a Kiev mientras se deteriora la confianza entre aliados
La nueva iniciativa diplomática coincide con un deterioro de la relación entre Washington y Kiev. Trump ha reprochado a Zelenski que no acepte rápidamente un acuerdo y ha llegado a sugerir que debería dejar paso a otro interlocutor. Su prioridad declarada es terminar la guerra, pero la presión ejercida sobre Ucrania ha suscitado inquietud entre los aliados europeos y algunos legisladores estadounidenses.
Uno de los puntos de fricción es el acuerdo para reanudar las exportaciones rusas de diésel a Estados Unidos y la suspensión de determinadas medidas de presión económica contra Moscú. La Casa Blanca presenta la cooperación energética como una vía para aliviar los costes internos y mantener abierto el diálogo con Putin. Sus críticos consideran que estas concesiones reducen la capacidad de Washington para presionar al Kremlin.
A ello se suman las dudas sobre el intercambio de inteligencia militar y el funcionamiento de Starlink y Starshield, servicios satelitales vinculados a SpaceX que Ucrania utiliza para comunicaciones y operaciones defensivas. Zelenski ha afirmado que Estados Unidos restableció el intercambio de inteligencia, pero mantiene su preocupación por las limitaciones de los servicios satelitales. La responsabilidad concreta de algunas restricciones sigue sin estar plenamente aclarada.
La combinación de presión política y negociación bilateral modifica el equilibrio diplomático. Si Kiev percibe que su principal aliado puede condicionar el apoyo militar para obtener concesiones, su margen de maniobra disminuye. Moscú, por el contrario, puede intentar aprovechar las diferencias entre Washington, Kiev y las capitales europeas para negociar en condiciones más favorables.
Putin no limitó su reunión con Witkoff a la guerra. También ofreció cooperación económica, incluidas exportaciones de fertilizantes a Estados Unidos, y planteó la posibilidad de ampliar los proyectos empresariales entre ambos países. La delegación rusa señaló que algunas iniciativas económicas estaban próximas a concretarse.
El presidente ruso abordó asimismo la crisis con Irán y aseguró que Moscú podría contribuir a una solución diplomática. Rusia mantiene una relación estratégica con Teherán, circunstancia que le permite presentarse como interlocutor en un asunto de interés para Washington, aunque esa relación también genera desconfianza entre los aliados estadounidenses.
Otro elemento es la posible reunión de Trump, Putin y Xi Jinping en China durante noviembre. De concretarse, el encuentro añadiría una dimensión internacional a las conversaciones y permitiría a Moscú exhibir su capacidad para mantener relaciones con las dos principales potencias económicas.
Estas propuestas revelan que el Kremlin busca negociar en varios frentes a la vez: Ucrania, energía, relaciones comerciales, Irán y China. La posibilidad de recuperar parte de los vínculos económicos con Estados Unidos constituye un incentivo para Moscú, pero también puede convertirse en una herramienta de presión en las negociaciones. @mundiario
