Donald Trump ha vuelto a colocar las islas Malvinas en el centro de la política exterior estadounidense al afirmar que Washington está revisando su posición sobre la soberanía del archipiélago. La declaración llega después de informaciones que apuntaban a que la Administración estadounidense estudiaba utilizar la cuestión como mecanismo de presión sobre el Reino Unido. Esta afirmación, sin embargo, no equivale todavía a un cambio de política. Preguntado por la posición estadounidense, el mandatario respondió que suele revisar sus posturas y que esta cuestión era «una de muchas». No anunció que Estados Unidos vaya a reconocer la soberanía argentina ni que vaya a retirar de inmediato su respaldo diplomático a Londres.
La importancia de la declaración está precisamente en esa posibilidad. Durante décadas, Washington ha mantenido una posición formal de neutralidad sobre la soberanía de las Malvinas, aunque reconoce que el Reino Unido administra actualmente el territorio. Una modificación de esa postura tendría un importante peso político para una disputa que enfrenta a Buenos Aires y Londres desde hace generaciones. El anuncio se produce además en un momento de tensión entre Washington y Londres por el gasto militar. La Administración Trump ha presionado a sus aliados para que incrementen sus presupuestos de defensa y, según informaciones recientes, el Reino Unido estaría recibiendo una atención especial dentro de esa estrategia.
La posibilidad de utilizar las Malvinas como instrumento de presión encaja con una política exterior de Trump que vincula cada vez más las relaciones con sus aliados a sus compromisos militares. Informaciones publicadas en los últimos días señalan que Washington habría estudiado condicionar su respaldo a la soberanía británica a una mayor inversión del Reino Unido en defensa. El mensaje sería especialmente sensible para Londres. Las Malvinas no solo representan una cuestión territorial: después de la guerra de 1982 se convirtieron también en un símbolo de la relación entre el Reino Unido y Estados Unidos. Cualquier cambio de posición de Washington supondría un golpe diplomático para Londres, incluso aunque no produjera una modificación inmediata del control sobre las islas.
¿Argentina puede aprovechar si se da un posible cambio?
Para el Gobierno de Javier Milei, una eventual revisión estadounidense representa una oportunidad diplomática. Argentina mantiene su reclamación de soberanía sobre las Malvinas y ha defendido durante los últimos años que su recuperación debe buscarse mediante la vía diplomática y no mediante una nueva confrontación militar. La relación personal y política entre ambos mandatarios añade otro elemento a la ecuación. El presidente argentino es uno de los aliados latinoamericanos más cercanos a la actual Administración estadounidense, mientras que su Gobierno ha convertido la reivindicación de las Malvinas en una cuestión permanente de política exterior.
Un giro de Washington hacia una posición más favorable a Buenos Aires no resolvería la disputa, pero sí modificaría el contexto diplomático. Argentina podría utilizar un eventual cambio estadounidense para reforzar su reclamación ante otros países y aumentar la presión internacional sobre Londres. El principal límite para cualquier iniciativa estadounidense es que Washington no puede decidir unilateralmente quién ejerce la soberanía sobre las Malvinas. Estados Unidos puede modificar su reconocimiento diplomático, presionar a Londres o respaldar una negociación, pero una transferencia de soberanía requeriría cambios mucho más profundos.
Además, el Reino Unido mantiene una posición firme sobre el territorio y defiende que el futuro de las islas debe tener en cuenta la voluntad de sus habitantes. En 2013, los isleños votaron abrumadoramente por mantener su condición de territorio británico de ultramar, un resultado que Londres utiliza como uno de sus principales argumentos. Argentina, por su parte, sostiene que la cuestión debe resolverse entre ambos Estados y no acepta que la población de las islas pueda determinar por sí sola la soberanía. Esta diferencia convierte cualquier eventual cambio de posición estadounidense en una herramienta de presión, pero no en una solución automática para el conflicto.
¿Cambio histórico o una herramienta de presión?
Por ahora, la segunda posibilidad parece más clara que la primera. Trump ha confirmado una revisión, pero no ha presentado una nueva política sobre las Malvinas. Al mismo tiempo, las informaciones que han precedido a su declaración vinculan el asunto con las exigencias de Washington para que el Reino Unido aumente su gasto militar. Eso permitiría interpretar la iniciativa como una forma de aumentar el coste de que Londres no siga las prioridades estadounidenses. Si Washington llegara a amenazar con modificar su posición sobre las Malvinas, podría utilizar una cuestión especialmente sensible para el Reino Unido como moneda de negociación en una discusión mucho más amplia sobre defensa y seguridad.
La situación también muestra hasta qué punto la política exterior de Trump puede alterar equilibrios que parecían consolidados. Una posición estadounidense más cercana a Argentina no entregaría las islas a Buenos Aires, pero sí debilitaría uno de los apoyos diplomáticos más importantes con los que cuenta Londres y daría a Milei un argumento adicional para internacionalizar su reclamación. Por ahora, por tanto, Trump ha abierto una puerta diplomática, pero todavía no ha decidido hacia dónde conduce. La verdadera importancia de su declaración dependerá de si la Casa Blanca convierte la revisión en un cambio formal de política o si la utiliza como una herramienta para presionar al Reino Unido.
Si se trata de lo segundo, las Malvinas serían menos el objetivo final de la estrategia estadounidense que una pieza de una negociación más amplia sobre la relación con Londres, el gasto militar y el reparto de responsabilidades entre los aliados occidentales. @mundiario
