Por: Héctor E. Contreras.
Isaías 53:1-3.
“Experimento un estado de quebranto cada vez que impongo mi naturaleza egoísta y pecaminosa e ignoro la instrucción de Dios. Otras voces – la ansiedad, auto condenación, o enojo – siguen el hilo de la conversación dentro de mí, mientras lucho por restablecer confianza con un sentido de justificación y razón. El resultado de este drama es que soy una cristiana derrotada y quebrantada”. Estas son palabras de la señora Sandra Bartz, de Ohio, USA., publicado en la Revista El Aposento Alto en Julio 21 del 2013. ¿Por qué llega la derrota y en ocasiones el quebrantamiento a nuestras vidas? Por lo mismo que esta mujer detalla en su testimonio: Nuestra naturaleza egoísta y pecaminosa. Cuando nos encontramos en situaciones como estas, debemos ir a la Palabra de Dios y en ella encontraremos la respuesta para nuestras ansiedades, enojo o auto condenación. David escribió: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”, Salmo 51:17. Dios tiene la respuesta para tus inquietudes; las cuales en ocasiones te llevan a la desesperación, ignorando muchas veces la voz de Dios que te dice: Hijo mío, dame hoy tu corazón. Humillando tu espíritu interior, nunca tendrás una respuesta negativa de parte del Señor. Es el tiempo de decirte a tí mismo: “Puedo levantarme y continuar con la ayuda de Dios”.
“Porque así ha dicho Jehovà: Incurable es tu quebrantamiento , y dolorosa tu llaga. ¿Por qué gritas a causa de tu quebrantamiento? Incurable es tu dolor, porque por la grandeza de tu iniquidad y por tus muchos pecados te he hecho esto. Pero serán consumidos todos los que te consumen; y todos tus adversarios, todos irán en cautiverio; hollados serán los que te hollaron, y a todos los que hicieron presa de ti daré en presa”, Jeremías 30:12,15-16. Aunque su herida parece incurable, según el verso 12 y esta herida llega por causa de la multitud de sus iniquidades, verso 15; sin embargo, Israel será sanado y sus opresores consumidos, verso 16.
“Mas yo haré venir sanidad para ti, y sanaré tus heridas, dice Jehová; porque desechada te llamaron, diciendo: Esta es Sion, de la que nadie se acuerda,” verso 17. “El pueblo que escapó de la espada halló gracia en el desierto, cuando Israel iba en busca de reposo. Jehová se manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo: Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia”, Jeremías 31:2-3. Hoy es el tiempo de disponerte a hallar gracia delante de Dios, en medio del desierto en que te encuentras. Desierto de soledad, angustia y ansiedad; desierto que hace de ti que te sientas en una total derrota. Con amor eterno te he amado, dice el Señor a tu alma, a tu espíritu. Dice David: “Acuérdate, oh Jehová, de tus piedades y de tus misericordias, Que son perpetuas. De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes; Conforme a tu misericordia acuérdate de mí”, Salmo 25:6-7. Enfrentarse de forma adecuada al pecado, supone que permitamos a la Palabra de Dios examinar nuestro corazón. Ocultar el pecado e intentar esconder sus consecuencias, da lugar a sentimientos de angustia y a menudo a mayores pecados. Es el tiempo de que aceptes lo que Dios dice sobre la conducta pecaminosa, aléjate de ella, y el perdón gratuito de Dios llegará a tu vida y vivirás la vida plena que Dios te ofrece por medio de Cristo Jesús.
“¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová? Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”, Isaías 53:1-5. Isaías detalla en este capítulo la más conocida profecía de la crucifixión en la Biblia.
Ocho siglos antes de Cristo, Isaías se refirió de una forma increíblemente certera a los hechos de la crucifixión. Lo más importante, habló del propósito de la cruz. Cristo cargó algo más que nuestros pecados en su sufrimiento y muerte. La paga del pecado es muerte, pero Cristo no tenía que sufrir como lo hizo para expiar nuestras culpas. Este capítulo nos habla del porqué de su sufrimiento: sufrió para llevar nuestros dolores y enfermedades, verso 4 y para ofrecernos paz y sanidad, verso 5.
La expiación de nuestros pecados constituye nuestra mayor necesidad, pero Dios, al enviar a su Hijo a sufrir y morir, proveyó más que una forma de escapar al juicio. Dispuso el inmediato comienzo de una vida abundante en Él, Jesucristo el Señor.
“He sido derramado como aguas, Y todos mis huesos se descoyuntaron; Mi corazón fue como cera, Derritiéndose en medio de mis entrañas”, Salmo 22:14. Sobre esta cita, el mismo Señor, Jesucristo, conociendo de su muerte, proclamó: “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora”, Juan 12:27. Jesús redefinió el significado de su muerte inminente. Los sufrimientos, y particularmente la muerte que le aguardaba, eran la ocasión más propicia para que el Padre lo glorificara. Desde la perspectiva de Juan, Jesús no fue glorificado en su resurrección y ascensión tanto como en su muerte sacrificial en la cruz.
“Pero Dios escucha mis conversaciones internas, y provee la solución a mi quebranto. Gracias al sacrificio de Jesús, puedo presentarme ante Dios con la confianza de que no soy un caso perdido. Dios reemplaza mi quebranto con la justicia de Cristo. Soy una criatura amada por mi Creador”. Estas son las palabras finales de la señora Bartz sobre su testimonio. En la medida en tú te acercas al Señor, Él te dará el entendimiento y la sabiduría para reemplazar tu quebrantado corazón y transformarte conforme a su imagen y semejanza en Cristo Jesús.
A continuación plasmo la oración sacerdotal que Dios habló a Moisés: “Jehová te bendiga, y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; Jehová alce sobre ti su rostro y ponga en ti paz”, Números 6:24-26. Que su gracia sobreabunde en cada vida.




