Trump dice que ya “ganó la guerra”: EE UU vuelve a lanzar ataques militares contra Irán

Estados Unidos ha vuelto a atacar objetivos en territorio iraní. La operación, dirigida contra posiciones en la isla de Qeshm, en el golfo Pérsico, se produjo el lunes 2 de noviembre, en vísperas de las elecciones legislativas de medio mandato (midterms) y mientras Washington y Teherán mantienen contactos indirectos para intentar poner fin a una guerra que comenzó el 28 de febrero. La coincidencia entre acción militar y diplomacia resume la contradicción de la estrategia de Donald Trump: aumentar la presión sobre Irán sin cerrar la puerta a un acuerdo.

La información sobre los ataques procede de funcionarios estadounidenses citados por medios como The Wall Street Journal, que describieron la operación como una acción «defensiva y limitada». Un alto cargo de Estados Unidos señaló que los objetivos eran iraníes que empleaban misiles tierra-aire contra un activo estadounidense. Por su parte, la agencia estatal iraní IRNA informó de cinco explosiones en rápida sucesión en Qeshm y de la presencia de aeronaves sobre la isla. No se ha publicado, por ahora, un balance independiente de daños o víctimas.

El Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM) no había anunciado públicamente la operación, según las informaciones disponibles. El Pentágono remitió las consultas al mando militar regional, que tampoco ofreció inicialmente una explicación pública detallada. Esta falta de información oficial obliga a distinguir entre la justificación transmitida por fuentes estadounidenses y los datos todavía pendientes de verificación.

Qeshm no es un objetivo cualquiera. Es la mayor isla del golfo Pérsico y se encuentra junto a la entrada del estrecho de Ormuz, uno de los corredores marítimos más importantes para el comercio internacional de energía. Su posición geográfica le concede un valor militar considerable: desde ese entorno se puede vigilar y amenazar el tránsito de buques que conectan el golfo con el océano Índico.

La isla alberga instalaciones militares iraníes, entre ellas una base naval y una infraestructura subterránea relacionada con misiles, según las informaciones recogidas por la prensa estadounidense. También cuenta con una importante planta desalinizadora, un elemento relevante para el abastecimiento de agua de la población. Sin embargo, los datos disponibles no permiten establecer con precisión qué instalaciones fueron alcanzadas ni si la planta desalinizadora sufrió daños. No debe confundirse la presencia de infraestructuras estratégicas en la isla con la confirmación de que todas ellas fueran objetivos del ataque.

La explicación ofrecida por funcionarios estadounidenses apunta a una operación destinada a reducir la capacidad iraní de amenazar a los activos militares de Washington y al tráfico marítimo comercial. En otras palabras, la Casa Blanca presenta los bombardeos como una medida de protección y disuasión, no como el comienzo anunciado de una nueva campaña de gran escala.

Según The Wall Street Journal, los ataques del lunes forman parte de una serie de operaciones de menor envergadura que Estados Unidos habría desarrollado en secreto durante las últimas semanas. El mismo medio informó de que el Pentágono ha reforzado su presencia militar en la región y mantiene preparadas distintas opciones por si la situación vuelve a deteriorarse. La dimensión de esos movimientos y el alcance de las operaciones no han sido detallados oficialmente.

Trump habla de acuerdo mientras mantiene la amenaza militar

El principal escenario estratégico es el estrecho de Ormuz, una vía de agua entre Irán y Omán por la que circula normalmente alrededor de una quinta parte del petróleo mundial. Su importancia no se limita al crudo: también es esencial para el transporte de gas natural licuado y otros productos energéticos.

Desde el comienzo de la guerra, el tránsito marítimo por el corredor se ha visto gravemente alterado. Irán ha amenazado y atacado embarcaciones que intentaban atravesarlo sin su autorización, mientras Estados Unidos ha impuesto un contrabloqueo naval sobre los puertos iraníes. La confrontación ha convertido una ruta comercial internacional en uno de los principales instrumentos de presión de ambos países.

El impacto se ha trasladado directamente a los mercados y a los consumidores; de hecho, la gasolina en Estados Unidos alcanzó un promedio de 4,17 dólares por galón y el diésel llegó a los 6,30 dólares, de acuerdo con los datos de la Asociación Estadounidense del Automóvil (AAA). Estas cifras reflejan con claridad el coste económico de una crisis que no se limita al ámbito militar. Como prueba de ello, los precios internacionales del petróleo cayeron más de un 7 % el lunes ante las expectativas de un posible acuerdo entre Washington y Teherán; un movimiento que demuestra hasta qué punto los mercados reaccionan de inmediato a las señales diplomáticas, aun cuando una bajada puntual de los precios no signifique que el bloqueo haya terminado ni que el suministro se haya normalizado.

La jornada estuvo marcada por mensajes contradictorios del presidente estadounidense. En Truth Social, Trump aseguró que Irán quería alcanzar un acuerdo «lo antes posible! y añadió que «¡podría ocurrir!». El vicepresidente J.D. Vance también expresó optimismo sobre las posibilidades de una salida negociada.

Desde Teherán, el ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, confirmó que existen conversaciones indirectas con Estados Unidos a través de mediadores. Identificó a Qatar y Pakistán como actores activos en los contactos y afirmó que las consultas son intensas debido a la gravedad de la situación. No obstante, la existencia de negociaciones no equivale a un acuerdo cerrado ni permite afirmar que ambas partes hayan resuelto sus principales diferencias.

La distancia entre las posiciones sigue siendo considerable. Irán reclama el levantamiento de sanciones, el descongelamiento de activos en el extranjero, el fin del bloqueo naval estadounidense y garantías para cerrar el conflicto en todos sus frentes. Teherán también sostiene que no aceptará que Washington imponga unilateralmente las condiciones o los plazos de una solución.

Trump, por su parte, ha alternado las declaraciones favorables a la diplomacia con amenazas de nuevos ataques. En un acto en Iowa afirmó que todavía quedaban uno o dos lugares de los que Estados Unidos debía ocuparse y que podía hacerlo rápidamente. También mencionó Pickaxe Mountain, un supuesto complejo nuclear subterráneo iraní, como una instalación que podría requerir atención. En otro momento aseguró que la guerra terminaría pronto, mediante un acuerdo o por la fuerza.

El presidente ha llegado a afirmar que Estados Unidos ya ganó la guerra y que, después de meses sin combates de gran escala, ni siquiera sabe si el conflicto debe seguir llamándose guerra. Sin embargo, los ataques en Qeshm muestran que la confrontación militar no ha desaparecido y que Washington conserva opciones de intervención.

Las elecciones de medio mandato añaden presión a la Casa Blanca

El momento elegido para la operación tiene una dimensión política inevitable. Los ataques se produjeron en vísperas de las elecciones del 3 de noviembre, en las que los republicanos intentan conservar el control del Congreso. La guerra con Irán se ha convertido en un factor de desgaste para Trump, especialmente por sus consecuencias sobre el coste de la energía y el poder adquisitivo de los hogares.

El presidente ha defendido que el aumento del precio de los combustibles es un «precio muy pequeño a pagar» por la seguridad nacional y la estabilidad internacional. También ha rechazado las encuestas desfavorables y ha responsabilizado a los demócratas de los problemas de asequibilidad. Pero el argumento de seguridad compite con una preocupación más inmediata para los votantes: cuánto cuesta llenar el depósito, transportar mercancías o mantener la actividad económica.

En ese contexto, la Administración necesita proyectar firmeza ante Irán, pero también evitar una escalada que agrave los precios y complique las posibilidades electorales republicanas. Un conflicto prolongado podría debilitar el mensaje de que Trump ha conseguido controlar la crisis y devolver estabilidad a la región.

Por su parte, Irán ha advertido de que una nueva confrontación podría durar más que la anterior y que Washington no tendría capacidad para decidir unilateralmente cuándo terminaría. El portavoz de los Guardianes de la Revolución, Hossein Mohebbi, afirmó que una guerra con Estados Unidos no tendría limitaciones geográficas y que Teherán dispone de un amplio teatro de operaciones para responder. Son advertencias oficiales que reflejan la voluntad iraní de disuadir nuevos ataques, aunque no constituyen por sí mismas una prueba de que exista una decisión de ampliar el conflicto.

La región también observa con preocupación el posible deterioro de la seguridad. El asesor diplomático del presidente de Emiratos Árabes Unidos, Anwar Gargash, expresó su deseo de que prospere la vía diplomática, pero señaló que su país se prepara para un escenario adverso. Los países del golfo tienen mucho que perder si los ataques se extienden a instalaciones energéticas, puertos o rutas marítimas.

La operación estadounidense en Qeshm deja así tres cuestiones abiertas: qué instalaciones iraníes fueron realmente alcanzadas, cuál será la respuesta de Teherán y si las conversaciones indirectas pueden sobrevivir a una nueva demostración de fuerza. La Casa Blanca intenta mantener simultáneamente la presión militar y la negociación. El problema es que cada ataque puede alterar el equilibrio que hace posible el diálogo, mientras cada concesión puede ser presentada en Washington o Teherán como una señal de debilidad. @mundiario