Andriy Ivko, uno de los responsables de la Agencia Estatal de Carreteras de Ucrania, añade que incluso si la guerra acabara hoy, harían falta tres o cuatro años y más de 27.000 millones de euros solo para reparar las carreteras, que han quedado seriamente dañadas por más de tres meses de constantes bombardeos: «24.000 kilómetros de la red y 300 estructuras, sobre todo puentes, han quedado dañados», informa.
A todo ello hay que añadir la ardua reconstrucción de decenas de miles de edificios de viviendas derruidos total o parcialmente, una tarea que puede alargarse durante una década pero para la que ya han comenzado a formarse los primeros batallones de reconstrucción. Su objetivo es trabajar en las zonas sin combates donde el cobijo de los residentes es más perentorio, y localidades como Leópolis ya han avanzado planes para instalar construcciones modulares temporales.
Pero hay un daño que va más allá de lo económico. Basta ver cómo en todas las ciudades atacadas se han protegido estatuas y monumentos nacionales con escudos compuestos por sacos terreros y paneles de madera para evitar que las bombas destruyan el patrimonio artístico de Ucrania. No obstante, hacer lo mismo con edificios históricos es imposible. Y muchos de ellos han resultado severamente dañados.
Para registrar la situación en la que han quedado, el Ministerio de Cultura, en colaboración con el Historical Emergency Response Initiative (HERI) han puesto en marcha un proyecto que recae sobre los hombros de Emmanuel Durand, un especialista en tomografía tridimensional con láser que lleva dos semanas trabajando como voluntario. En el currículum de este francés está el escaneo de los silos que volaron por los aires en la impactante explosión que destrozó parte de Beirut, un estudio que, realizado a lo largo del tiempo, ha demostrado que la mitad está inclinándose peligrosamente.
En Ucrania, su objetivo es dejar constancia de la situación en la que han quedado edificios tan relevantes como el del parque de bomberos de Járkov, construido en 1883 y víctima de varios proyectiles rusos. En su perímetro, protegido con casco y chaleco antibalas, Durand opera la pequeña bola que registra hasta el último detalle de fachadas e interiores. Cada siete minutos culmina un barrido de 360 grados, y toca volver a empezar desde otro ángulo. «Creo un archivo que se llama nube de puntos y que, en el caso de este edificio, capturará unos mil millones de puntos en dos días de trabajo. Esa es la base con la que luego se pueden hacer muchas cosas», explica mientras en la lejanía se escucha el retumbar de las bombas.
Reconstrucción virtual de uno de los edificios dañados
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Z. A.
Los puntos que registra el láser de Durand sirven para realizar un asesoramiento estructural que determina si la torre de madera del edificio se mantiene en posición vertical o si los muros se han deformado. «También permite calcular la profundidad de los socavones provocados por las bombas», añade el especialista. Esta información será vital para quienes tengan que restaurar el edificio. «Se puede crear un modelo de realidad virtual que permite moverse por dentro y alrededor de los edificios. Con esta información, los arquitectos pueden crear planos y detalles muy precisos, incluso secciones de las zonas que les interesen», explica. Es un proceso parecido al de una resonancia magnética del cerebro.
«En vez de basar el trabajo en fotografías o dibujos, existe un ‘software’ llamado ‘unreal engine’ al que le puedes dar este archivo de puntos para que cree un entorno visual en el que se pueden añadir luces, personas y objetos»
Durand destaca que todos estos mapas tridimensionales dibujan un entorno con tal fidelidad que se pueden utilizar en películas o videojuegos. «En vez de basar el trabajo en fotografías o dibujos, existe un ‘software’ llamado ‘unreal engine’ al que le puedes dar este archivo de puntos para que cree un entorno visual en el que se pueden añadir luces, personas y objetos. Con esto se puede hacer una película o un videojuego sobre la guerra de Ucrania», cuenta, añadiendo que las artísticas imágenes que genera el escáner son también una poderosa arma de comunicación.
De momento, el principal uso de su trabajo será en el ámbito de la ciencia forense. «Los peritos podrán determinar con más exactitud lo sucedido: desde qué punto golpeó el proyectil, qué potencia tuvo, etcétera», comenta Durand cuando comienza a caer una fina lluvia. Y en ese momento recuerda otra de las funciones que puede cumplir esta tecnología, aunque reconoce que no es su campo: «En una fosa común como las de Bucha, donde puede haber enterradas 200 personas, se puede ir haciendo un escaneo mientras se excava, cada 50 centímetros hasta llegar al fondo, para crear después un mapa con todos los cuerpos determinando la posición exacta en la que se encontraban», algo que puede ayudar en las investigaciones de los crímenes de guerra que Ucrania lleva con el difícil objetivo de que Rusia pague en dos frentes: el económico y el judicial.

