Durante años, la familia real noruega fue vista como una de las monarquías más modernas y cercanas de Europa. Hoy, esa percepción está en entredicho. En cuestión de semanas, dos escándalos de gran magnitud han convergido y han colocado a la institución en el centro de una tormenta política y mediática.
El 3 de febrero comenzó en Oslo el proceso judicial contra Marius Borg Høiby, de 29 años, hijo de la princesa heredera Mette-Marit fruto de una relación anterior a su matrimonio con el príncipe heredero Haakon. Høiby enfrenta 38 cargos, entre ellos cuatro acusaciones de violación, además de delitos de abuso doméstico y agresión.
El acusado niega los cargos más graves, aunque ha admitido otros delitos menores relacionados con drogas y el incumplimiento de una orden de alejamiento. En su declaración ante el tribunal, habló de una vida marcada por la presión mediática y la falta de identidad propia dentro de una familia tan expuesta públicamente.
Sin embargo, el relato de las presuntas víctimas ha impactado profundamente en la opinión pública. La fiscalía ha presentado pruebas audiovisuales y testimonios que describen situaciones de extrema vulnerabilidad. El caso, seguido con enorme atención en Noruega, ha puesto en el foco no solo al acusado, sino también al entorno familiar.
El príncipe heredero Haakon ha intentado subrayar que Høiby no forma parte oficial de la Casa Real y que, como ciudadano particular, responde ante la justicia en igualdad de condiciones. Aun así, la proximidad familiar hace imposible separar completamente el proceso judicial del prestigio institucional.
La sombra de Epstein
En paralelo, otro frente ha debilitado la imagen de la monarquía. La reciente publicación de nuevos documentos relacionados con el caso de Jeffrey Epstein reveló que la princesa heredera Mette-Marit mantuvo contacto con el financiero estadounidense, condenado por delitos sexuales. Según esos registros, la princesa visitó su propiedad en Palm Beach en 2013 y mantuvo correspondencia con él.
Mette-Marit reconoció públicamente que fue un error y expresó su arrepentimiento por haber mantenido cualquier relación con Epstein. La admisión ha generado incomodidad en una sociedad especialmente sensible a las cuestiones de transparencia y ética pública.
Aunque no existe acusación judicial contra ella, el daño reputacional es significativo. En un país donde la confianza institucional es un valor central, los vínculos con figuras polémicas resultan difíciles de justificar.
Los actuales problemas no son los primeros que afronta la familia real. En el pasado, la princesa Marta Luisa, hermana del príncipe heredero, generó polémica por su vinculación con terapias alternativas y su relación con el chamán Durek Verrett, lo que ya había tensionado la imagen de la institución.
Sin embargo, los episodios anteriores parecían anecdóticos frente a la gravedad de los acontecimientos actuales. Ahora se trata de acusaciones penales y conexiones con uno de los mayores escándalos internacionales de abuso sexual.
Impacto en la opinión pública
Las consecuencias empiezan a reflejarse en las encuestas. El respaldo a la monarquía ha descendido en el último año, y el apoyo a que Mette-Marit llegue a ser reina es considerablemente menor que en etapas anteriores. Aunque el Parlamento ha ratificado la continuidad del sistema monárquico, la legitimidad simbólica —clave en una monarquía parlamentaria— depende en gran medida de la confianza ciudadana.
Noruega no debate por ahora la abolición de la Corona, pero sí observa con inquietud la acumulación de crisis. En una institución que vive de su ejemplaridad pública, la coincidencia de un proceso judicial de alto perfil y revelaciones incómodas sobre relaciones pasadas ha puesto en cuestión la narrativa de modernidad y transparencia que durante años la distinguió.
La Casa Real noruega no enfrenta una amenaza inmediata a su existencia, pero sí un desgaste profundo. Y en las monarquías contemporáneas, donde el poder es simbólico, la reputación lo es todo. @mundiario

