¿Una operación fallida? Cómo el plan secreto de Trump fracasó y derivó en la guerra con Irán

Cuando comenzó la guerra entre Israel e Irán, la narrativa oficial de Washington insistía en que la operación militar tenía un alcance limitado: neutralizar las capacidades nucleares iraníes, destruir parte de su infraestructura militar y contener la amenaza regional de Teherán. Pero las revelaciones publicadas posteriormente muestran un panorama mucho más complejo.

Detrás de los bombardeos y de las operaciones encubiertas existía un plan político mucho más profundo: provocar un cambio de régimen en Irán y construir una nueva dirección capaz de negociar con Occidente. Lo más sorprendente no fue únicamente la existencia de ese proyecto, sino el nombre elegido para encabezarlo: Mahmud Ahmadineyad.

El antiguo presidente iraní, conocido durante años por sus discursos incendiarios contra Israel y Estados Unidos, habría sido contemplado por sectores de Washington y Tel Aviv como una figura útil para liderar una transición política tras el colapso parcial de la República Islámica.

Según las investigaciones publicadas por The New York Times y otros medios occidentales, el primer día de la guerra un ataque israelí golpeó la entrada de la residencia de Ahmadineyad en el barrio de Narmak, al este de Teherán.

Inicialmente se informó de su muerte. Horas después apareció una versión distinta: Ahmadineyad había sobrevivido y los fallecidos eran supuestos “guardaespaldas”. Sin embargo, aquellos hombres eran miembros de la Guardia Revolucionaria iraní encargados de mantenerlo bajo vigilancia y arresto domiciliario.

La operación, según responsables estadounidenses e israelíes citados en distintas filtraciones, no buscaba eliminar a Ahmadineyad, sino facilitar su escape y convertirlo en una pieza política del nuevo escenario que Israel y Estados Unidos esperaban construir tras los primeros ataques.

Pero el plan comenzó a desmoronarse desde el primer momento. Ahmadineyad resultó herido durante el bombardeo de Israel y, según personas cercanas a él, terminó profundamente desencantado con la operación occidental. Desde entonces, prácticamente desapareció de la vida pública y su paradero continúa rodeado de incertidumbre.

La gran contradicción: Ahmadineyad como supuesto líder “moderado”

La paradoja resulta evidente. Durante su presidencia entre 2005 y 2013, Ahmadineyad fue una de las figuras más agresivas del discurso antioccidental iraní.

Negó el Holocausto, atacó constantemente a Israel, defendió con firmeza el programa nuclear iraní y se convirtió en símbolo internacional del ala más radical de la República Islámica. En Occidente pasó a ser visto como un dirigente extremista, imprevisible y profundamente ideológico.

Precisamente por eso, la idea de convertirlo en un interlocutor “moderado” parecía casi imposible de sostener políticamente. Sin embargo, para algunos estrategas israelíes y estadounidenses existía una lógica pragmática detrás de esa apuesta.

En los últimos años Ahmadineyad había entrado en conflicto con sectores centrales del régimen iraní. Sus nuevas candidaturas presidenciales fueron bloqueadas repetidamente, varios de sus colaboradores terminaron detenidos y él mismo quedó progresivamente aislado por las autoridades iraníes.

Además, había comenzado a lanzar críticas públicas contra figuras del establishment iraní, denunciando corrupción y abusos de poder. Para Washington y Tel Aviv, esa ruptura interna podía convertirlo en una figura útil para fracturar el sistema político iraní desde dentro.

El “efecto Venezuela” que Trump quiso replicar

Las filtraciones también apuntan a otro elemento clave: la administración de Donald Trump intentó trasladar a Irán un modelo parecido al que creía haber aplicado con éxito en Venezuela.

Trump estaba convencido de que la presión militar combinada con operaciones políticas internas podía provocar una rápida descomposición del régimen iraní. La lógica era simple: eliminar a parte de la cúpula dirigente, fomentar divisiones internas y presentar una figura alternativa capaz de asumir el poder con respaldo externo.

Ahmadineyad aparecía entonces como alguien que reunía varias ventajas tácticas: seguía siendo reconocido por amplios sectores populares iraníes, conocía perfectamente las estructuras del sistema y podía presentarse como un nacionalista enfrentado a la élite clerical dominante.

La idea era que un dirigente surgido desde dentro del propio aparato iraní tendría más legitimidad que una figura claramente vinculada a Occidente. Pero la comparación con Venezuela terminó mostrando sus límites rápidamente.

El régimen iraní resistió mucho más de lo previsto Uno de los principales errores de cálculo de Washington y Tel Aviv fue asumir que el sistema iraní colapsaría rápidamente tras los primeros ataques. Eso no ocurrió.

Pese a la muerte de altos cargos, los daños militares y las tensiones internas, la estructura institucional iraní logró mantenerse operativa. La Guardia Revolucionaria conservó capacidad de control, el aparato de seguridad siguió funcionando y la fragmentación interna que esperaban Estados Unidos e Israel nunca alcanzó el nivel suficiente para derribar al régimen.

Ahmadineyad, lejos de convertirse en un referente de transición, terminó desapareciendo del escenario político justo cuando más lo necesitaban quienes habían diseñado la operación.

Con el fracaso de la operación inicial y la resistencia iraní, la Casa Blanca terminó alejándose rápidamente de la idea de un cambio de régimen abierto. La prioridad volvió entonces a centrarse en limitar el conflicto, contener la escalada regional y negociar algún tipo de acuerdo que frenara el programa nuclear iraní sin desencadenar una guerra mucho más amplia. @mundiario