La oscuridad se ha convertido en un problema cotidiano para millones de venezolanos. En ciudades como Maracaibo, Maracay o Valencia, los cortes pueden prolongarse durante horas y repetirse sin un horario fiable, obligando a las familias a reorganizar su vida alrededor de una red eléctrica cada vez más frágil.
El deterioro no es nuevo. La falta de inversiones, mantenimiento y capacidad operativa arrastra al sistema desde hace años, pero las condiciones actuales han elevado la presión. El Gobierno atribuye parte de las dificultades a la sequía y a las altas temperaturas asociadas a El Niño, mientras la población afronta jornadas con hasta seis, ocho o incluso más horas sin suministro en algunas zonas.
El resultado trasciende la incomodidad: afecta al descanso, a la conservación de alimentos, al acceso al agua y a la actividad económica.
Comercios y familias pagan el coste de la oscuridad
Para los pequeños negocios, cada apagón puede convertirse directamente en una pérdida. Refrigeradores que dejan de funcionar, productos que se deterioran y máquinas que no pueden utilizarse hacen más difícil mantener abiertas las persianas.
En Maracaibo, donde las temperaturas son especialmente elevadas, la falta de electricidad adquiere además una dimensión relacionada con la salud y el descanso. Sin ventiladores ni aire acondicionado, dormir se convierte en otra batalla. Las ventanas abiertas tampoco garantizan alivio cuando el calor, los insectos y la inseguridad condicionan la noche.
Los grandes centros comerciales también han tenido que adaptarse. Algunos disponen de generadores propios, mientras otros afrontan restricciones horarias y limitaciones en servicios como el aire acondicionado o las escaleras mecánicas.
La consecuencia es una economía que funciona a trompicones. Las empresas no solo pierden horas de actividad: también pierden capacidad para planificar.
Recuperar la red será un desafío de años
El problema alcanza incluso a la industria petrolera, una pieza fundamental para la economía venezolana. Las interrupciones eléctricas complican la puesta en marcha de instalaciones y pueden incrementar los costes de producción.
El Gobierno ha anunciado acuerdos destinados a recuperar capacidad de generación. Uno de ellos contempla la recuperación de 1.000 megavatios en dos años y otros 5.000 en un periodo posterior. También se ha retomado el proyecto hidroeléctrico de Tocoma, paralizado durante años.
Pero las cifras muestran la magnitud del reto: Venezuela cuenta con una capacidad instalada cercana a los 30.000 megavatios, aunque actualmente produce bastante menos de la mitad.
Mientras llegan las inversiones y las obras, Corpoelec ha comenzado a comunicar algunos cortes mediante mensajes de texto. Para muchos ciudadanos, sin embargo, el aviso llega tarde o no resuelve la incertidumbre.
La crisis eléctrica, por tanto, no consiste únicamente en apagar una bombilla. Está condicionando el trabajo, el descanso, la educación y la economía de un país entero. Y cada hora sin luz revela hasta qué punto reconstruir el sistema será una tarea mucho más profunda que devolver temporalmente la electricidad. @mundiario
