LA LIBERACION QUE VIENE DE DÌOS.

 

Salmo 27: 3 y 14.

Por el Pastor:  Héctor E. Contreras.

 hector.contreras26@gmail.com

 

En la Revista “El Aposento Alto”, del 14 de Marzo del presente año, pude leer  el siguiente testimonio, el cual espero sea de ayuda espiritual para cada lector de estos mensajes. Es el siguiente: “La guerra civil en el país de El Salvador llevaba casi una década. En Noviembre de 1989, quienes intentaron derrocar al gobierno, llevaron la lucha a la capital, San Salvador, donde yo vivía. Por varios días, mi familia y yo estuvimos atrapados en casa, escondiéndonos de los disparos de aviones, helicópteros y los ejércitos que peleaban justo frente a nuestra casa. Entonces tenía solo nueve años y no sabía nada de política, ni de los eventos que se intensificaron en este terrible conflicto. Pero tenía miedo y sentía que se había perdido toda esperanza. Me puse a llorar. Mi madre vino a mí y me preguntó: ¿Por qué lloras? Le dije: Vamos a morir. Nunca olvidaré su respuesta: ¿Dónde está tu fe? Confía en el Señor. Con sus palabras cobré confianza y me sentí mejor. Pasaron unos días antes de poder escapar de forma segura de la casa. La noche que salimos de la ciudad, vi formaciones de helicópteros planeando y disparando sobre el área dónde habíamos vivido”, hasta aquí el testimonio del Señor Marcelo Carcach, Maryland, EE.UU. 

 

Aunque un ejército acampe contra mí, No temerá mi corazón; Aunque contra mí se levante guerra, Yo estaré seguro”, Salmo 27:3. “No es fácil tener fe cuando tu vida está en peligro o no puedes ver la solución”,  palabras del señor Carcach en su testimonio. Fue el mismo David que escribió: “Más tú, Jehová, eres escudo alrededor de mí, Mi gloria, y el que levanta mi cabeza. Con mi voz clamé a Jehová, Y él me respondió desde su monte santo. No temeré a diez millares de gente, Que pusieren sitio contra mí”, Salmo 3:3-4 y 6. La madre de este muchacho en ese entonces y hoy un hombre que narra sus vivencias, son el testimonio vivo de la fe, de la confianza en Dios en determinados momentos de nuestra vida. Para tí también, Dios es tu escudo alrededor de tí, levanta tu cabeza y te dice: “No temas, hijo mío, yo estoy contigo para defenderte”. 

Sólo debes clamar, como la hacía esta mujer rodeada de muerte junto a su familia, pero tenía la fe suficiente y decir con confianza que el Señor estaba con ellos. 

 

Porque aún un poquito, Y el que ha de venir vendrá, y no tardará. Más el justo vivirá por fe; Y si retrocediere, no agradará a mi alma. Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma”, Hebreos 10:37-39. En medio del quebrantamiento, de la angustia y del dolor, sufrimiento, temor, nuestra fidelidad a Dios debe permanecer en nuestros corazones, en nuestro espíritu. El justo vivirá por la fe que es en Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador. Es esperar un poquito más y tener la certeza, la confianza que Dios vendrá en nuestro auxilio. 

 

Te amo, oh Jehová, fortaleza mía. Jehová, roca mía y castillo mío, mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; Mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio. Invocaré a Jehová, quien es digno de ser alabado, Y seré salvo de mis enemigos”, Salmo 18:1-3. Las palabras de David nacen de un cántico de gratitud a Dios por haberle librado de todos sus enemigos, entre estos el mismo rey de Israel en ese entonces, Saúl, quien le perseguía tenazmente para arrebatarle la vida. Como se puede ver, sus palabras hablan de fortaleza, de roca y castillo, y de escudo. Todas son sinónimo de que en Dios estamos seguros, quien al final se convierte en la fuerza de nuestra salvación y en nuestro refugio, en nuestro auxilio y guardador. 

 

Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud”, Efesios 3:16-19

 

Ser fortalecidos con poder, es dejar que el Espíritu Santo   obre en cada vida que está arraigada como un árbol, que extiende sus raíces desde el norte/sur/este y oeste y cimentados como un gran edificio construido en un fundamento sólido. Es conocer que el amor de Cristo Jesús es la esencia misma de la más completa plenitud de Él. Toda plenitud de Dios habla de más de una experiencia o aspecto de su verdad o poder. Apunta hacia una profunda espiritualidad, que participa de forma balanceada de todas las bendiciones, recursos y sabiduría de Dios. 

 

Aguarda a Jehová; Esfuérzate, y aliéntese tu corazón; Sí, espera a Jehová”, Salmo 27:14. Todo este salmo encierra una canción, una alabanza o adoración a Dios y al final, su invitación para nosotros es ir a la oración, aguardar, esforzarnos y alentar nuestros corazones en la espera de Dios, quien al final nos dará la victoria por la que tanto hemos luchado. “Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen, Que has mostrado a los que esperan en tí, delante de los hijos de los hombres”, Salmo 31:19. “grande”, del hebreo “rab”. Es abundancia, numerosos, de gran importancia, significado y noble. Todo esto implica que Dios ha guardado su bondad, su recompensa, para todas las personas que le temen y para aquellas que también esperan. Has orado, intercedido delante de Dios y al parecer notas que es inútil tu clamor, déjame decirte, con mucho amor, que tengas confianza, que mantengas tu fe sin fluctuar, porque la respuestas a tu clamor, la recibes ahora; tiempo que te parece difícil y no solo que te parece, sino que es así, sin embargo tú sigues en la carrera de la vida, mirando gente cayendo a tu lado, familiares también, sin embargo permaneces de pie, porque, en medio de todo este azote, el cual es mundial, Dios te ha guardado, protegido y también, con todo y estrechez, también ha provisto para tí y los tuyos.  

 

Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios”, Hebreos 12:1-2

Los héroes de la fe no son espectadores que nos vigilan desde el cielo, sino que sus vidas son nuestros testigos, después de haber sido vencedores. A menudo, nuestra vida se compara con una carrera y para correr en cualquier competencia, se hace necesario despojarnos de todo lo que pueda ser un peso u obstáculo  que nos impida avanzar para salir airosos. Te invito a descartar cualquier actitud o práctica que te impida caminar junto a Cristo Jesús. Modela tu vida tomando como ejemplo a Jesús el Señor. Lo más importante de todo lo escrito más arriba, debe llevarnos a fijar nuestros ojos en Jesús, porque Él es autor y consumador de nuestra fe. Como la madre del principio, en el centro de un pueblo rodeado por hombres armados, cruzando disparos de un lado hacia el otro, esta mujer tuvo las palabras precisas para su hijo de tan solo nueve años que no entendía nada de lo que acontece a su lado. “¿Dónde está tu fe?” “Confía en el Señor”. ¿Dónde está tu fe ahora? Has vivido momentos muy difíciles en el último año y medio. Han sido días muy duros para mucha gente, días de angustia y dolor, de enfermedad y pérdidas, inclusive humanas, que incluye familiares, compañeros de labores o estudios y amigos de años en el pasado. Hoy es el tiempo de confiar en Dios y esperar en Él.   

 

Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos”, I-Timoteo 6:12. Te invito a que, como el apóstol Pablo a su discípulo Timoteo, continúes peleando por lo que has creído, arraigado en la fe de Jesucristo y no en tu propia fuerza y voluntad. Fuiste llamado por Dios, por lo demás, tu pelea es la buena batalla de la fe. La fe es la base de la esperanza para muchas personas. Las manifestaciones del Espíritu Santo en tu vida, pueden alentarte a sostener valientes y agotadoras batallas, las cuales pueden ser espirituales, de salud o económicas, mientras luchas para que se cumplan los propósitos de Dios en ti. Te motivo, en nombre de Cristo Jesús, a que no te desanimes, que te mantengas firme y continues tu lucha por la justicia que has creído. 

 

Termino estas letras con la bendición sacerdotal que Dios le ordenó a Moisés para los hijos de Israel: “Jehová te bendiga, y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia. Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz”, Números 6:24-26.

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