Días difíciles

Lucas 22:39-45.

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Muchos años antes del acontecimiento del Getsemaní, el profeta Isaías escribió: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca”, Isaías 53:6-7. A mi entender, recordando mis años de niño, cuando veía cómo era llevado al sacrificio de la muerte a un ovejo@ y nunca abrir su boca ni siquiera cuando le era clavado el cuchillo desgarrador en la garganta. El verso 5 de este mismo capítulo de Isaías dice: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él y por su llaga fuimos nosotros curados”. Nunca protestó nuestro Señor, aún a sabiendas de que se dirigía hacia la muerte. El capítulo 53 de Isaías nos enseña claramente que la sanidad corporal está incluida en la obra expiatoria de Jesús. El sufrimiento y la cruz de Cristo, en este tiempo, debe llevarnos a reflexionar sobre lo que es nuestra vida delante de Dios. “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores, y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido”, Isaías 53:4. “Llevó nuestras enfermedades”, este verbo significa “tomar sobre sí mismo”, o “llevar una carga”, lo cual nos enseña que, el sufrimiento vicario de Cristo está ligado a nuestra propia vida en cuanto al sufrimiento y las enfermedades que muchas veces nos abaten, cuando el profeta declara las palabras: “Nuestros dolores”. Tus dolores de hoy, tus penas, quebrantos y otras cosas que nos abaten, debemos llevarlas todas al pie de la cruz.

Cuando Jesús y sus discípulos llegaron al Monte de los Olivos, les invitó a que le acompañaran en la oración, porque Él sabía lo que se acercaría en las próximas horas, entendiendo nuestro Señor que serían difíciles para ellos. Jesucristo, siendo Dios, puesto de rodillas proclama estas palabras: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle”, Lucas 22:42-43. “Getsemaní”, significa “molino de aceite”.

Podría ser que en los tiempos de nuestro Señor, existiera en este monte un huerto de olivos donde se hallaba una instalación o fábrica para la extracción de esta planta. La agonía que Jesús experimentó no estaba ocasionada por el temor a la muerte física, sino por la asociación de su muerte con el pecado, II-Corintios 5:21, que dice así: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. Esta declaración es la contrapartida positiva de los versos 18-19de esta misma carta que nos dicen: “Y todo proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación”. El ministerio de la reconciliación es para anunciar lo que Dios estaba haciendo en Cristo a favor de la humanidad, habiendo provisto la  redención del pecado. Aquellas personas que ya se han reconciliado con Dios, verso 17 de este mismo capítulo, tienen la encomienda de llevar el mensaje a toda persona, amigos y amigas, en lo laboral, estudios y por último, la familia.

La Biblia declara: “Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían sobre la tierra”, Lucas 22:44. Para obedecer al Padre fue algo de suprema importancia para nuestro Señor la obediencia, siendo  esta la respuesta de la fe a cualquier instrucción que venga de Dios. Jesús enseñó que la verdadera fe siempre se manifestará en obediencia a los propósitos revelados de Dios. Una vida cristiana exitosa siempre será el resultado de buscar y conocer los propósitos de Dios para nuestras vidas y actuar conforme a la fe que es en Cristo Jesús. Debemos tener presente que, los frutos de la Palabra de Dios en nuestras vidas, brotan de acuerdo a nuestra receptividad y disposición de aprender y obedecerla. Es necesario que determinemos ser obedientes a la Palabra del Señor y preferir siempre, entiéndase bien, ¡siempre!, estar dentro los propósitos de Dios, los cuales son eternos.

Luego de su larga agonía en el Getsemaní, nuestro Señor fue burlado, azotado  y ya de camino al Monte Calvario donde había de ser crucificado por los pecados de la humanidad, algunas mujeres lloraban al verle y Él les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos”, Lucas 23:28. Jesús no rechaza la simpatía de las mujeres dolientes, pero si dice que sus propios sufrimientos merecían más aquellas lágrimas que brotaban del corazón de aquellas mujeres valerosas. Ya en la cruz, nuestro Señor, flanqueado por dos hombres, uno a su derecha y el otro a su izquierda, uno de ellos injurió a Jesús, diciéndole: “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros”, Lucas 23:39; sin embargo, el otro, tal vez más sabio, le reprende con las siguientes palabras: “¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación?Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; más éste ningún mal hizo. Y le dijo a Jesús: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”, Lucas 23:40-41. Nuestro Señor, conociendo todo lo que sucedería a partir de esa hora crucial para Él y estos hombres, le responde al último en hablar lo siguiente: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”, Lucas 23:43. Jesús, sabiendo que había de morir clavado en aquella cruz de dolor y vergüenza, hasta ahí ofrece una promesa de esperanza a uno de estos dos hombres que le hacían compañía en aquella hora tormentosa. “HOY ESTARAS CONMIGO EN EL PARAISO”. ¡Qué promesa! Su justicia, su amor y su perdón llegó hasta el Gólgota y allí entregó todo su ser para que nosotros podamos vivir la vida plena que Él nos ofrece al morir en nuestro lugar. “En el Monte Calvario, estaba una cruz, emblema de muerte y dolor”, son parte de las letras de un himno muy antiguo que se canta mucho para este tiempo en los templos. Los azotes recibidos por nuestro Señor en sus espaldas, la voces que se elevaron para que fuera condenado, la corona de espinas sobre su cabeza, la cruz a cuestas; todo esto fue el propósito y plan perfecto de Dios para con nosotros hoy. Hasta la cruz llevó esperanza nuestro Señor y Salvador. Las promesas de Dios son eternas para nosotros.  Es un buen tiempo para cada persona, tomar en cuenta la entrega de nuestro Señor en la cruz para el perdón de nuestros pecados. Fueron días difíciles para Jesús, porque Él conocía todo cuanto habría de acontecer, sin embargo, Él llegó hasta el calvario con su cruz a cuestas; allí fue clavado y derramó su preciosa Sangre que aún corre a raudal en favor de todos y todas que se deciden por seguirle.

Vamos a vivir este tiempo recogidos junto a nuestra familia, hombres y mujeres también, están llamados a ser un ente de bendición para cada vida.

Que la gracia de Dios esté en cada vida, en cada familia de nuestro País y más allá.

Pastor: Héctor E. Contreras

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