Xi Jinping consolida a China como epicentro geopolítico mundial tras recibir a Trump y Putin en Pekín

La visita de Vladímir Putin a Pekín, apenas unos días después del viaje oficial de Donald Trump, refuerza la imagen de China como el gran centro de gravedad diplomático del nuevo orden internacional. Mientras Xi Jinping exhibe capacidad de interlocución simultánea con Washington y Moscú, Rusia llega a la capital china en una posición de creciente dependencia económica y estratégica, condicionada por la guerra de Ucrania y el aislamiento occidental.

El tablero geopolítico internacional atraviesa una transformación acelerada y Pekín parece decidido a ocupar el centro de esa nueva arquitectura global. La postal resulta poderosa. En menos de una semana, Xi Jinping ha recibido en la capital china a dos de los líderes más influyentes del planeta, Trump y Putin. Dos visitas muy diferentes, dos relaciones asimétricas y dos escenarios políticos completamente distintos, pero una misma señal: China quiere ser reconocida como la potencia indispensable del siglo XXI.

La escena proyecta una idea que hace apenas una década parecía prematura, el epicentro diplomático del mundo ya no gira exclusivamente alrededor de Washington. Hoy, las grandes potencias necesitan pasar por Pekín. Y eso es precisamente lo que Xi Jinping busca consolidar en medio de un contexto internacional marcado por guerras, tensiones comerciales, crisis energéticas y una creciente fragmentación del orden internacional.

La visita de Putin tiene además un enorme valor simbólico. El presidente ruso aterriza en China en un momento especialmente delicado para Moscú. Más de cuatro años después del inicio de la invasión de Ucrania, Rusia continúa atrapada en un conflicto costoso, sin avances estratégicos decisivos y con una economía cada vez más condicionada por las sanciones occidentales y el desgaste de la guerra.

Frente a ello, Xi Jinping aparece fortalecido. China no solo ha resistido la presión comercial estadounidense, sino que ha logrado reforzar su posición internacional como interlocutor imprescindible entre bloques enfrentados. Pekín recibe a Trump, mantiene abiertas sus relaciones económicas con Europa y, al mismo tiempo, sostiene su alianza estratégica con Moscú. Esa capacidad de maniobra constituye hoy uno de los mayores activos geopolíticos del liderazgo chino.

China se erige en un mundo multipolar

La relación entre Xi y Putin es una de las más estables de la política internacional contemporánea. Ambos líderes se han reunido más de cuarenta veces desde 2012 y han construido una asociación basada en intereses convergentes, cuestionar la hegemonía occidental y promover un mundo multipolar donde EE UU deje de ocupar una posición dominante.

Sin embargo, la relación actual entre China y Rusia está lejos de ser equilibrada. La guerra de Ucrania ha acelerado una dependencia rusa cada vez más palpable respecto a Pekín. Antes de la invasión, Europa era el principal mercado energético de Moscú. Hoy, China se ha convertido en el gran salvavidas económico del Kremlin.

Las cifras reflejan esa transformación. Desde 2022, Pekín absorbe cerca de un tercio de las exportaciones rusas y proporciona más de un tercio de sus importaciones. Moscú vende petróleo, gas y materias primas con descuentos importantes mientras compra tecnología, componentes industriales y bienes manufacturados que ya no puede obtener fácilmente de Occidente. La consecuencia es una alianza profundamente asimétrica. Rusia necesita a China mucho más de lo que China necesita a Rusia. Y esa desigualdad se percibe tanto en el terreno económico como en el político.

Para Putin, la fotografía con Xi Jinping sigue siendo fundamental. Le permite demostrar que Rusia no está completamente aislada y que todavía conserva peso dentro de un bloque internacional alternativo al liderado por Estados Unidos y la Unión Europea. Pero detrás de la escenografía diplomática aparecen señales de fragilidad difíciles de ocultar.

Moscú necesita de Pekín

La economía rusa comienza a mostrar síntomas claros de agotamiento. Tras dos años sostenida por el gasto militar y los elevados ingresos energéticos, el crecimiento se desacelera, las previsiones empeoran y el impacto acumulado de las sanciones empieza a erosionar sectores estratégicos. La necesidad de recurrir a deuda denominada en yuanes o la creciente presencia de productos chinos en el mercado ruso ilustran hasta qué punto Moscú ha reorientado su economía hacia Asia.

El proyecto del gasoducto Poder de Siberia 2 simboliza perfectamente esa nueva relación de fuerzas. Para Rusia representa una infraestructura estratégica capaz de sustituir parte del mercado europeo perdido. Para China, en cambio, es solo una opción más dentro de una cartera energética mucho más diversificada. Pekín negocia desde una posición de ventaja. Tiene acceso a otras fuentes de suministro, capacidad financiera y margen diplomático. Moscú, en cambio, dispone de menos alternativas y depende de que China mantenga abiertos sus mercados y canales financieros.

Esa diferencia de posiciones explica también la prudencia china respecto a la guerra de Ucrania. Pekín nunca ha condenado explícitamente la invasión rusa y mantiene una cobertura diplomática favorable al Kremlin, pero evita comprometerse militarmente y procura no deteriorar completamente sus relaciones con Europa y Estados Unidos.

China quiere sostener a Rusia, pero no cargar con sus costes. Necesita evitar una derrota rusa que fortalezca a Occidente, aunque tampoco desea una Rusia demasiado fuerte o imprevisible. La estrategia de Xi consiste en mantener a Moscú dentro de su órbita sin quedar arrastrado por las consecuencias del conflicto. @mundiario