China desafía a Trump por Irán y avisa de que usará “las medidas necesarias” contra EE UU

La nueva ofensiva económica de Estados Unidos contra Irán no se limita ya a castigar a empresas, buques o intermediarios vinculados con Teherán. Su verdadera dimensión está en el ultimátum lanzado a quienes mantienen relaciones comerciales con la República Islámica. Y ahí aparece el principal problema para Washington: China.

El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, ha presentado la denominada Operación Paria Económico como una campaña destinada a cortar las vías financieras que permiten a Irán seguir obteniendo ingresos. El primer paquete afecta a cerca de 60 individuos, empresas y buques relacionados con el petróleo, la tecnología sensible, las operaciones cibernéticas y las redes financieras iraníes. Pero Washington ha dejado deliberadamente fuera, por ahora, a las grandes instituciones financieras chinas.

China compra una parte decisiva del petróleo iraní y dispone de capacidad suficiente para convertir una ofensiva contra sus bancos en un conflicto económico mucho mayor. El propio Bessent explicó la cautela estadounidense con una pregunta reveladora: “¿Por qué querría cargarme el sistema financiero global?”

Pekín ha respondido con una advertencia que, aunque deliberadamente ambigua, tiene una importancia considerable. El portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Lin Jian, aseguró que la cooperación con Irán se desarrolla dentro del derecho internacional y afirmó que “China adoptará todas las medidas necesarias para salvaguardar firmemente sus propios derechos e intereses”

China es el principal comprador del petróleo iraní y, según las estimaciones citadas por The Guardian, absorbe alrededor del 80% de las exportaciones petroleras de Irán. El volumen, además, se canaliza en buena medida mediante refinerías independientes chinas, intermediarios y mecanismos de pago que reducen la exposición al sistema financiero estadounidense.

Esto explica por qué sancionar directamente a los grandes bancos chinos sería una operación de consecuencias mucho mayores que castigar a una pequeña empresa de Hong Kong o a un operador marítimo. Washington podría incrementar la presión sobre Teherán, pero también pondría en riesgo la frágil relación económica que mantiene con Pekín.

La propia lista estadounidense muestra esa cautela. Entre los sancionados aparecen compañías y ciudadanos de China continental y Hong Kong acusados de facilitar tecnología, pagos y transporte de petróleo iraní, pero no las principales entidades financieras chinas. El mensaje es claro: Estados Unidos quiere demostrar que puede alcanzar a las redes que ayudan a Irán, pero todavía no parece dispuesto a cruzar la línea que podría desencadenar una confrontación financiera directa con China. 

Una guerra económica que necesita a China

El problema estratégico de la nueva política de Trump es que la eficacia de las sanciones depende de la cooperación de terceros países. Washington puede bloquear activos, perseguir intermediarios y amenazar con expulsar del sistema financiero basado en el dólar a quienes colaboren con Irán. Pero mientras existan compradores dispuestos a adquirir petróleo iraní y redes capaces de transportar y cobrar ese crudo, el aislamiento nunca será completo.

Bessent ha advertido precisamente de esa posibilidad. Las empresas que faciliten el blanqueo de dinero para Irán pueden quedar excluidas del sistema financiero estadounidense, y Washington pretende ampliar progresivamente el alcance de las sanciones secundarias.

El dilema aparece cuando el destinatario de la amenaza es China. Pekín tiene instrumentos de respuesta que otros socios comerciales de Irán no poseen. Entre ellos están los mercados financieros, las cadenas industriales y, especialmente, las exportaciones de minerales críticos. Una escalada bilateral podría terminar convirtiendo una campaña contra Irán en un nuevo episodio de la disputa económica entre las dos mayores potencias mundiales.

Además, el pulso llega poco antes de la reunión prevista para septiembre entre Donald Trump y Xi Jinping. Una ampliación de las sanciones contra bancos chinos podría complicar una agenda que incluye comercio, aranceles, minerales estratégicos y otras cuestiones de seguridad económica.

Emiratos Árabes Unidos, uno de los socios comerciales importantes de Irán y, al mismo tiempo, un estrecho aliado de Estados Unidos e Israel, ha anunciado la suspensión de sus vínculos comerciales con la República Islámica. El movimiento ilustra hasta qué punto la amenaza de sanciones secundarias puede modificar rápidamente las decisiones de países que mantienen relaciones económicas con Teherán.

Turquía representa un caso diferente. Ankara ha criticado la campaña estadounidense contra Irán y mantiene importantes relaciones comerciales con su vecino, pero todavía no ha definido públicamente una respuesta a la nueva amenaza de Washington. Esa posición intermedia puede resultar cada vez más difícil de sostener si Estados Unidos comienza a aplicar sanciones secundarias de manera sistemática.

China, por el contrario, dispone de una capacidad económica y estratégica que le permite asumir mayores costes. Pekín ya ha creado mecanismos para proteger a empresas nacionales frente a sanciones extranjeras y ha rechazado reiteradamente el principio de las sanciones unilaterales estadounidenses.

La diferencia es fundamental: para Emiratos, Turquía o determinadas empresas asiáticas, perder el acceso al sistema financiero estadounidense puede tener un coste enorme; para China, el coste existe, pero también existen herramientas para responder.

Irán intenta convertir la presión en resistencia

Mientras sus socios calibran los riesgos, Teherán intenta presentar la ofensiva como una nueva fase de la guerra. El ministro de Economía iraní, Ali Madanizadeh, ha afirmado que China y Rusia no han aceptado las medidas estadounidenses y ha advertido: “Naturalmente, los enemigos pretenden lanzar un ataque terrorista económico contra nosotros, pero nosotros también tenemos nuestras propias herramientas y sabemos cómo jugar la partida”

La economía iraní se encuentra, sin embargo, bajo una presión considerable. La guerra, el bloqueo estadounidense y las dificultades para exportar petróleo han reducido sus márgenes de maniobra. Los envíos de crudo iraní hacia China han caído con fuerza respecto a los niveles registrados al comienzo del conflicto.

Eso no significa que las sanciones vayan a producir una capitulación inmediata. La experiencia iraní demuestra que las redes paralelas, los intermediarios, las monedas alternativas y los descuentos petroleros pueden mantener determinados canales comerciales abiertos durante largos periodos. @mundiario