El fútbol no está preparado para que Messi se vaya

El fútbol no está preparado para que Messi se vaya. Quizá porque durante casi dos décadas nos acostumbramos demasiado a él. A encender el televisor y que estuviese ahí. A esperar que recibiese la pelota porque podía ocurrir algo que nadie había imaginado. A asumir como normal lo extraordinario. Y ahora que empieza a despedirse, aunque todavía siga jugando, uno comienza a entender que aquello que parecía eterno también tenía fecha de caducidad.

No sé realmente lo que sintió el fanático del fútbol cuando se retiró Pelé, cuando se retiró Maradona, cuando se retiró Cruyff. No lo viví. Puedo ver sus partidos, escuchar lo que cuentan quienes estuvieron allí y juntar imágenes de otro tiempo, pero nunca podré sentir exactamente lo que sintieron quienes comprendieron que ya no volverían a verlos entrar en un campo de fútbol.

Lo que sí sé es lo que se siente ahora. Y no es únicamente tristeza. Es vacío. Messi todavía no se ha retirado del fútbol y ya existe la sensación de que algo se está terminando. Su despedida de Argentina ha sido simplemente el primer aviso serio, ese momento en el que uno deja de pensar que queda mucho y empieza a asumir que queda muy poco.

Y lo preocupante no es sentir ese vacío. Lo preocupante es pensar que quizá nadie vaya a llenarlo. No porque los futbolistas que vienen sean malos. Todo lo contrario. Aparecerán estrellas, ganadores del Balón de Oro, goleadores extraordinarios y jugadores capaces de decidir finales. El fútbol siempre encuentra nuevos ídolos. Lo difícil es pensar que pueda volver a aparecer alguien cuya figura sobrepase de tal manera cualquier aspecto puramente futbolístico.

Porque para mí Messi es el mejor jugador de la historia. Y seguramente ahí termine cualquier intento de objetividad en estas líneas, porque tampoco lo pretendo. Es una sensación personal, la de alguien que ha tenido la suerte de crecer viendo cómo un futbolista hacía cada semana cosas que parecían incompatibles con este deporte hasta que él las hacía parecer normales.

Quizá por eso ahora uno se arrepienta incluso de cómo lo disfrutó. De no haberse detenido más veces. De no haberle dado hacia atrás al televisor para volver a ver aquella jugada que nadie entendía cómo había hecho. De haber cambiado de canal después de un partido pensando que la semana siguiente habría otro. De creer que siempre habría otro regate, otro pase imposible, otro gol después de dejar atrás a medio equipo contrario. Como si Messi fuese a estar ahí para siempre.

Y no va a estarlo. Esa es la realidad que cuesta aceptar. Algún día llegará un partido que sí será el último. Ya no habrá una próxima temporada ni otra camiseta con la que volver a verlo. Se apagará el televisor y, por primera vez, sabremos que no podemos encenderlo una semana después esperando que Leo Messi vuelva a hacer algo que no habíamos visto nunca.

Por eso resulta casi indescriptible intentar trasladar a palabras lo que está dejando esta primera despedida. Messi aún juega al fútbol. Sigue existiendo la posibilidad de verlo sobre un césped. Y, sin embargo, ya lo estamos echando de menos. Estamos llorando una despedida que todavía no ha sucedido.

No sé qué ocurrirá el día que llegue de verdad. Quizá el Mar de la Plata se quede pequeño para tantas lágrimas. Habrá argentinos llorando, evidentemente, pero también estaremos los que no nacimos allí, los que nunca vestimos esa camiseta y los que simplemente tuvimos la fortuna de coincidir en el tiempo con él. Porque Messi hace mucho que dejó de pertenecer únicamente a Argentina o al club para el que jugase.

Por eso duele antes de tiempo. Porque todavía está aquí y ya sentimos su ausencia. Porque todavía podemos verlo y ya añoramos lo que un día dejaremos de ver. El fútbol no está preparado para que Messi se vaya. Yo tampoco. Y quizá lo más triste de todo sea saber que, cuando llegue ese último partido y el árbitro pite por última vez, no estaremos despidiendo solamente a Leo Messi: estaremos despidiendo una parte de nuestra propia vida, aquella en la que cada fin de semana todavía era posible encender el televisor y ver al mejor de todos hacer algo que nadie más sabía hacer. @mundiario