Las primeras declaraciones del presidente electo de Colombia sobre la intención de «refinanciar» la deuda pública provocaron una rápida reacción dentro de su propio equipo económico. Apenas una hora después, el futuro ministro de Hacienda, Miguel Gómez Martínez, quiso dejar claro que el objetivo del nuevo Gobierno no pasa por renegociar las obligaciones del Estado, sino por reorganizar sus vencimientos mediante un proceso conocido como reperfilamiento.
La diferencia puede parecer únicamente terminológica, pero en el ámbito financiero tiene un enorme impacto. Mientras una renegociación suele asociarse a dificultades para cumplir los pagos e incluso a un posible impago, el reperfilamiento consiste en alargar los plazos de devolución sin modificar el importe ni las condiciones esenciales de la deuda.
Esta precisión llega en un momento especialmente sensible para la economía colombiana, donde cualquier señal de incertidumbre puede traducirse en un aumento del coste de financiación y en una mayor desconfianza de los mercados internacionales.
Unas cuentas públicas sometidas a una presión creciente
El nuevo Ejecutivo hereda una situación fiscal compleja. Según el diagnóstico presentado por el propio Gómez, el Estado mantiene un fuerte desequilibrio entre ingresos y gastos, lo que obliga a plantear importantes ajustes presupuestarios durante los próximos meses.
Además, la estructura de la deuda también ha cambiado de forma significativa. En los últimos años, el peso de la financiación obtenida dentro del propio país ha aumentado hasta representar más de tres cuartas partes del total. Aunque esta estrategia reduce la exposición al riesgo cambiario, también implica asumir unos intereses considerablemente más elevados que los que ofrecen los mercados internacionales.
A esta circunstancia se suma un calendario de vencimientos especialmente intenso durante los próximos ejercicios, lo que obliga al Gobierno a diseñar una estrategia capaz de aliviar la presión financiera sin deteriorar todavía más la percepción de los acreedores.
Diversos analistas coinciden en que el verdadero desafío no consiste únicamente en refinanciar los pagos, sino en presentar un plan creíble de reducción del déficit, acompañado de un control del gasto y de medidas que permitan aumentar los ingresos públicos de forma sostenible.
Recuperar la credibilidad será el principal desafío
La intención del futuro Gobierno de iniciar contactos con organismos multilaterales y grandes entidades financieras internacionales responde precisamente a esa necesidad de recuperar confianza.
Durante los últimos años, Colombia perdió uno de los principales respaldos con los que contaba ante los inversores internacionales: el acceso a la Línea de Crédito Flexible del Fondo Monetario Internacional. Aquella herramienta actuaba como una garantía adicional frente a posibles episodios de tensión financiera y reforzaba la imagen de solvencia del país.
Sin ese respaldo, las conversaciones que el nuevo Ejecutivo pretende mantener en Washington, Nueva York o Londres adquieren una importancia estratégica. Más que buscar financiación inmediata, el objetivo pasa por convencer a los mercados de que existe un plan económico sólido y realista.
Los expertos consideran que el margen de actuación todavía existe, especialmente si el Gobierno aprovecha el descenso reciente de los tipos de interés para sustituir parte de la deuda emitida en condiciones más costosas por financiación más barata.
Sin embargo, advierten de que el tiempo juega en contra. Las expectativas favorables pueden sostenerse durante un periodo limitado, pero acabarán dando paso a una evaluación basada exclusivamente en los resultados. La capacidad del nuevo Ejecutivo para contener el déficit, reducir la presión sobre las cuentas públicas y demostrar disciplina fiscal marcará el coste de financiación de Colombia durante los próximos años y condicionará buena parte de su estabilidad económica. @mundiario
