Por: Héctor E. Contreras.
Hace algunos días, mientras daba vuelta a algunos de los libros que poseemos, me encontré con una Biblia que antes había utilizado en el ministerio dado por Dios a mi persona. En esta Biblia, pude notar que el día 28 de Julio del año 1994, se la había regalado a nuestra muy amada y recordada Claudia. En la dedicación, hallé lo escrito por mí para tal ocasión. La dedicación fue la siguiente: HECTOR CONTRERAS. TRANSFERIDA CON MUCHO AMOR A LA NIÑA CLAUDIA EMPERATRIZ, CON LA FINALIDAD DE QUE POR MEDIO DE ESTA BIBLIA PUEDA VERDADERAMENTE VIVIR UNA RELACION PERSONAL CON EL SEÑOR JESUCRISTO. Héctor Contreras, 28/7/1994. Dediqué algunos minutos para hojear esta Biblia y pude encontrar sombreada la cita del encabezamiento del mensaje de hoy. Es hermoso cuando nos encontramos con algo tan significativo para nuestra vida. Me conmovió el alma, al ver, después de los escritos de Claudia, tales como: I love Jesús, I love Jesús, 94-Siempre o Claudia, Claudia, Claudia. Todo el que la conoció, sabe que donde encontraba un libro, una revista o lo que fuere en que pudiera escribir, su sello era: “Claudia wash here”. Todo lo que poseemos de ella, este era su sello. Estas letras no son para resaltar el nombre de Claudia, sino para hacer saber a todos los que siguen estos escritos, que también nuestros vástagos poseen sus propias ideas y sus propios sellos que los identifican. La invitación a cada uno de ustedes es, que valoren a sus hijos, apoyen a sus hijos en sus arduas tareas que tienen por delante y recibirán de Dios la recompensa que Dios les tiene guardada. Después del Señor, mi dedicación con este mensaje, va dirigido a la memoria de Claudia Emperatriz.
“Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado”, Isaías 29:13. El pueblo clamaba pertenecer a Dios, pero desobedecieron y solo cumplían los ritos externos. Estos ritos llevarían a Dios traer juicio sobre ellos. La búsqueda de Dios se volvió rutinaria en vez de algo real, que saliera de la profundidad de sus corazones. Cuando el Señor habló a los escribas y a los fariseos de su época, Jesús citó la condenación de la hipocresía del pueblo de Israel que declara Isaías. Estas fueron las palabras de Jesús, al dirigirse al pueblo: “Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: “Este pueblo de labios me honra, Mas su corazón está lejos de mí, Enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres”, citado más arriba. Con la cita de Isaías, Jesús aplicó sus palabras a los líderes de la época de su ministerio terrenal. Estos no eran más que líderes religiosos, acostumbrados a sólo ser escuchados. Cuando aseguramos honrar a Dios mientras nuestros corazones están lejos de Él, nuestra adoración no tiene significado alguno para el Señor. No es suficiente actuar como religiosos. Nuestras acciones y actitudes deben ser sinceras. Si no es así, las palabras de Isaías también nos describirían como tal. Cuando tú te humillas delante de Dios, todo lo que es religiosidad, orgullo, deshonestidad, arrogancia y cuántas cosas más podríamos añadir, desaparecen de tu vida, porque te conviertes en una nueva persona y esta persona, al llegar a los pies del Señor, se humilla y reconoce todo lo que fue, confesando sus pecados delante de Él.
Algo más sobre el religioso, fanático y orgulloso de lo que entiende es, al nuestro Señor citar a Isaías, acusando a los fariseos que habían puesto sus tradiciones por encima de la Palabra de Dios. Nuestro Señor resta valor a este tipo de adoración, porque sus corazones estaban en armonía con sus labios. La fe viviente, adoración verdadera, requiere que la boca y el corazón actúen en armonía, al unísono, para no ser acusados de hipocresía. Las alabanzas y la fe verdadera, emanan de labios que se nutren de las profundidades del corazón. Como un principio viviente, la confesión de fe no es la recitación ritualista de frases acuñadas; porque, si así fuese, representaría como Jesús señala, un mero tributo a una tradición humana, una manifestación potencialmente hipócrita.
“Manantial de vida es el entendimiento al que lo posee; Mas la erudición de los necios es necedad. El corazón del sabio hace prudente su boca, Y añade gracia a sus labios. Panal de miel son los dichos suaves; Suavidad al alma y medicina para los huesos”, Proverbios 16:22-24. Estos versos traen salud espiritual al alma, porque revelan lo que la sabiduría divina, que es la Palabra, ha enseñado a nuestros corazones. Verdades y promesas que deben reflejarse en nuestra conversión, transmitir esas enseñanzas a nuestros labios. La Palabra en nuestros corazones debe influir sobre nuestra conducta y nuestras conversaciones. La “dulzura” y la “medicina” que tales palabras promueven son deseables, ya sea para nuestras relaciones humanas o para la recepción de la gracia divina en nuestro diario vivir. Llevan al creyente a una vida victoriosa, a través del reconocimiento del poder y la fortaleza de Dios, tanto en nuestras acciones como con nuestros labios. David escribió: “Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, Oh Jehová, roca mía, y redentor mío”, Salmo 19:14. Estas últimas palabras señalan la importancia de que nuestras palabras y pensamientos sean consistentes con la Palabra. Te invito a que, lo que tú hables y lo que tu corazón murmure, sea un deleite para Dios. La verdad que nos revela este texto, nos urge a pronunciar siempre el tipo de palabras que confirmen lo que creemos o pensamos en nuestros corazones acerca de Dios, su amor y su poder. No es aceptable a la vista de Dios que, si creemos, contradigamos esa creencia con palabras descuidadas.
“Y apareció Jehová a Salomón de noche, y le dijo: Yo he oído tu oración, y he elegido para mí este lugar por casa de sacrificio. Si yo cerrare los cielos para que no haya lluvia, y mandare a la langosta que consuma la tierra, o si enviare pestilencia a mi pueblo; si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra. Ahora estarán abiertos mis ojos y atentos mis oídos a la oración en este lugar; porque ahora he elegido y santificado esta casa, para que esté en ella mi nombre para siempre; y mis ojos y mi corazón estarán ahí para siempre”, II-Crónicas 7:12-16. Habían pasado meses, quizá años, desde la oración de dedicación de Salomón, capítulo seis, de este mismo libro. Se habían terminado algunos otros proyectos de construcción después del templo, 7:11, 8:1. Luego de haber transcurrido todo ese tiempo, Dios le dijo a Salomón que había escuchado su oración. ¿Cuán a menudo buscamos respuestas inmediatas a nuestras oraciones y, cuando no sucede nada, nos preguntamos si Dios nos ha olvidado? Dios si escucha nuestros ruegos y debemos confiar en que nos responderá en el momento adecuado. El versículo 14 es, probablemente, el mejor conocido y amado de II-Crónicas. En el relato de la segunda manifestación del Señor a Salomón de I-Reyes 9:1-19, no se menciona esta promesa.
Posiblemente, este versículo, más que ningún otro de la Escritura, expone los requisitos para que Israel reciba las bendiciones de Dios. Debió poseer una significación especial para sus destinatarios originales, quienes habían comprobado la veracidad de lo que Dios comunicaba a Salomón. Un doble requisito y un triple resultado se ofrece al pueblo escogido por Dios, cuando Él dice: (sobre el cual mi nombres es invocado). Si se humillare mi pueblo, dando la espalda al pecado y buscaren mi rostro en oración, el Señor escuchará, perdonará y sanará. Dios lleva a cabo sus propósitos soberanos en una coordinación con las oraciones de sus hijos. “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho”, Santiago 5:16. Te invito, en el nombre de Jesucristo, a que le busques de todo corazón y te humilles delante de su presencia. Es así como encontrarás en Dios el cumplimiento de todas las promesas que encierran estos versos citados más arriba. Muchos creen que humillarse es sinónimo de cobardía; no, es un acto de valor, de fe, de esperanza. Te recuerdo que, la humildad te lleva a Dios.
Anteriormente, en su segunda oración a Dios de Salomón, nuestro Señor le respondió: “Yo he oído tu oración y ruego que has hecho en mi presencia. Yo he santificado esta casa que tú has edificado, para poner mi nombre en ella para siempre; y en ella estarán mis ojos y mi corazón todos los días”, I-Reyes 9:3. Para que se cumple lo prometido por Dios en nuestras vidas, existen algunos requisitos para ello y lo declara el verso siguiente, es decir, el 4, que dice: “Y si tú anduvieres delante de mí como anduvo David tu padre, en “integridad de corazón y en equidad, haciendo todas las cosas que yo te he mandado, y guardando mis estatutos y mis decretos”. Te invito a que seas íntegro de corazón y equidad delante de Dios y de seguro serás bendecido grandemente, porque se cumplirán todas las promesas de Dios en tu vida. Si te humillas en oración delante del Dios de los cielos y de la tierra, buscas su rostro Él te escuchará, sanará todo lo que encierra tu vida, desde tu propio cuerpo, familia, finanzas y tu propia alma. Bendecidos sean, amados.



