¿En qué se está convirtiendo el fútbol español?

En un negocio. Esa sería la respuesta más sencilla a la pregunta que encabeza estas líneas. No hace falta que ningún gurú nos explique que las empresas buscan ganar dinero. El problema del fútbol español no es ese, sino todo lo que estamos perdiendo por el camino.

Los románticos recordamos un fútbol en el que los protagonistas parecían tener mayor libertad para expresar sus opiniones. Los entrenadores protestaban, los jugadores se quejaban y las ruedas de prensa tenían una espontaneidad que hoy cuesta encontrar.

Ahora, cada palabra se mide al milímetro. El Código Disciplinario de la RFEF contempla sanciones de hasta doce partidos para futbolistas y técnicos por determinadas declaraciones contra los árbitros. Una normativa que busca proteger al colectivo, pero que también invita a pensar dos veces lo que se dice delante de un micrófono.

Es evidente que los árbitros merecen respeto y protección frente a insultos o acusaciones infundadas. Pero una cosa es perseguir esas conductas y otra convertir cualquier crítica incómoda en motivo de preocupación. El fútbol necesita protagonistas, no robots con respuestas preparadas.

Ante este escenario, algunos clubes han encontrado refugio en el sarcasmo de las redes sociales. El Sevilla, por ejemplo, recurrió recientemente a la ironía para protestar por lo sucedido en el Bernabéu. Una forma ingeniosa de expresar el malestar sin recurrir a las acusaciones directas.

El problema es que el ingenio del responsable de la cuenta de X puede arrancar miles de sonrisas, pero difícilmente cambiará una decisión arbitral. Las redes entretienen, las polémicas generan interacciones y, mientras tanto, los problemas siguen sin resolverse.

Otros prefieren los comunicados oficiales. Ahí destaca un Real Madrid que parece vivir permanentemente enfrentado a alguien. La Liga, la Federación, los árbitros, las televisiones o los medios de comunicación se han convertido en protagonistas habituales de sus disputas institucionales.

Tampoco ayuda que quienes dirigen el fútbol español entren constantemente al choque. El enfrentamiento entre Javier Tebas y el Real Madrid ha alcanzado unos extremos impropios de las responsabilidades que representan. Y mientras unos y otros alimentan sus guerras, el fútbol queda relegado a un segundo plano.

Hemos llegado a un punto en el que parece importar más lo que sucede en los despachos que sobre el césped. Las declaraciones, las sanciones, los comunicados y las polémicas ocupan un espacio que antes reservábamos a los goles, los regates y las conversaciones interminables sobre aquel futbolista que veía pases donde nadie más los encontraba.

Quizá el problema no sea que el fútbol haya evolucionado, sino que en esa evolución esté perdiendo parte de su identidad. Porque para los amantes del mediapuntismo, de las Total 90 y del fútbol en abierto, este fútbol cada vez nos representa menos. @mundiario