EE UU celebra este martes unas elecciones legislativas que trascienden cualquier renovación rutinaria del Congreso. Las midterms de 2026 se han convertido en un examen a los dos primeros años del segundo mandato de Donald Trump y, al mismo tiempo, en la primera gran batalla por el poder que se libra pensando en la sucesión presidencial de 2028. El presidente se juega mantener las manos libres para ejecutar su programa; los demócratas, recuperar al menos una de las dos cámaras y convertir el Capitolio en un contrapeso frente a la Casa Blanca.
La magnitud de la cita obliga, además, a rebajar cualquier expectativa de una única noche electoral. Están en juego los 435 escaños de la Cámara de Representantes, un tercio de los 100 puestos del Senado, 30 gobernaciones y centenares de cargos estatales y locales. A ello se suman las consultas incluidas en las papeletas de los 50 Estados. El voto anticipado ha alcanzado niveles históricos y el recuento de algunas de las contiendas más ajustadas puede prolongarse durante días.
El resultado que emerja de las urnas determinará buena parte de la segunda mitad del mandato de Trump. Pero también permitirá medir hasta qué punto el Partido Republicano engullido en el movimiento MAGA sigue identificado con el presidente y si los demócratas han conseguido transformar el tremendo desgaste de la Administración en una alternativa electoral capaz de movilizar a sus propios votantes.
La primera clave es el control del Congreso. Los republicanos parten con mayoría en el Senado, con 53 escaños, mientras que la Cámara de Representantes se presenta como el terreno más favorable para una recuperación demócrata. Para Trump, conservar ambas cámaras significa mantener un margen de maniobra mucho mayor para impulsar su agenda legislativa y confirmar cargos, además de reducir la capacidad de la oposición para abrir investigaciones parlamentarias sobre su Administración.
Para los demócratas, hacerse con cualquiera de las dos cámaras supondría recuperar capacidad de fiscalización. Si controlan el Capitolio, podrán utilizar las comisiones parlamentarias para investigar decisiones de la Casa Blanca, exigir documentación y citar a responsables del Ejecutivo. El Senado es especialmente relevante porque los demócratas necesitan darle la vuelta a tan solo cuatro escaños para alcanzar la mayoría.
¿Puede el Partido Demócrata recuperar el Senado?
Esta es la gran incógnita que ha cambiado durante la campaña. Las previsiones iniciales apuntaban a que los demócratas tenían posibilidades claras de recuperar la Cámara, pero veían mucho más complicado conquistar el Senado. Los últimos sondeos han ampliado el mapa de estados competitivos.
Míchigan y Texas concentran buena parte de la atención. Una victoria demócrata en ese estado del Medio Oeste convertiría al progresista Abdul El-Sayed en el primer senador musulmán de la historia del país, tras el duro enfrentamiento y expulsión de su rival demócrata en las primarias, la moderada Haley Stevens, que pidió el voto después para el republicano Mike Rogers.
En el gran estado del sur, una derrota republicana tendría una dimensión especialmente simbólica porque los demócratas llevan más de tres décadas sin conquistar un escaño al Senado federal por esta circunscripción, un robusto bastión republicano que por primera vez está puesto en duda por el demócrata James Talarico, con mucho tirón por sus orígenes cristianos, frente al conservador Ken Paxton.
También habrá que mirar a Alaska, Iowa, Kansas, Maine y Ohio. Cada uno representa una pieza distinta del complejo puzle electoral. Maine mide la capacidad de la republicana moderada Susan Collins para mantener su escaño distanciándose de Trump; Ohio pone a prueba el dominio republicano en el Estado asociado políticamente al vicepresidente J. D. Vance y sus proyecciones como posible candidato presidencial en 2028; e Iowa permitirá comprobar hasta qué punto el malestar económico ha penetrado en las zonas rurales, claves para el triunfo de Trump.
¿Qué ocurriría si la oposición conquista el Capitolio?
Trump ha intentado convertir las elecciones legislativas en un plebiscito sobre su propia figura. Durante la campaña ha pedido a sus seguidores que voten como si él mismo estuviera en las papeletas. Allí donde el presidente conserva una elevada popularidad entre los republicanos, su intervención puede movilizar al electorado. Pero donde su desgaste es mayor, puede convertirse en un lastre para candidatos que necesitan captar votantes moderados o independientes.
La economía, la inflación, el precio de la gasolina, la política migratoria y la actuación de la Administración en el exterior aparecen entre las cuestiones capaces de condicionar el voto. El Partido Republicano tendrá que comprobar hasta qué punto la fidelidad a Trump sigue compensando el desgaste asociado a su Gobierno.
Una victoria demócrata en la Cámara, en el Senado o en ambas cámaras cambiaría radicalmente el escenario de Washington. El presidente conservaría el Poder Ejecutivo y su capacidad de veto, pero perdería buena parte de la capacidad para impulsar nuevas leyes sin negociar con la oposición. Las comisiones del Congreso adquirirían además una importancia extraordinaria como instrumento de control sobre la Casa Blanca, especialmente en materia energética, como indicó Axios, con los flecos pendientes de Rusia, Irán y Venezuela como principales dianas de la oposición para atacar a la Administración de Trump.
Trump ya ha anticipado que está dispuesto a utilizar el veto frente a decisiones del Congreso que considere contrarias a su programa. El resultado podría ser, por tanto, una segunda mitad de mandato marcada por el enfrentamiento institucional y una creciente dificultad para aprobar legislación. La eventual mayoría demócrata también tendría consecuencias judiciales y políticas si decide investigar actuaciones de la Administración o de personas próximas al presidente.
¿Qué Partido Demócrata saldrá de estas elecciones?
Las midterms también abren una pregunta que no se resolverá esta noche: qué ocurrirá con el movimiento MAGA después de Trump. La Constitución impide al presidente presentarse de nuevo en 2028. Eso significa que, independientemente del resultado de este martes, el Partido Republicano tendrá que afrontar progresivamente la carpeta de la sucesión.
Trump no solo domina la estructura política del partido; durante una década ha construido un movimiento electoral propio, con una identidad política que trasciende a buena parte de sus candidatos. El problema es que encontrar un sucesor suficientemente fiel al trumpismo podría prolongar la dependencia del partido respecto de MAGA, mientras que intentar construir una alternativa más moderada podría provocar una fractura con la base que ha sostenido al presidente. En ambas aristas, por ahora, se perfilan el vicepresidente Vance y el secretario de Estado, Marco Rubio.
La otra batalla por el futuro se libra dentro del Partido Demócrata. Una eventual recuperación electoral, paradójicamente, agravaría aún más su debate ideológico interno. En un sector se encuentran candidatos vinculados al ala izquierda y progresista, en la tradición de Bernie Sanders, Alexandria Ocasio–Cortez o Zohran Mamdani. En otro, aspirantes que buscan un perfil más centrista o moderado, en línea con la cúpula de la formación, que temen que un escoramiento a la izquierda abra la puerta a radicales de extrema izquierda, al tiempo que ahuyentaría la posibilidad de cortejar a independientes y republicanos desencantados.
El resultado de las elecciones puede dar argumentos a ambos sectores. Una victoria basada en distritos y Estados competitivos podría reforzar la tesis de quienes apuestan por candidatos capaces de ampliar la coalición electoral. Una movilización extraordinaria de las bases progresistas, en cambio, fortalecería a quienes consideran que el partido debe profundizar su agenda social y económica. @mmundiario
