El presidente de EE UU, Donald Trump, ha asegurado este lunes que ordenó cancelar un ataque militar previsto contra la República Islámica tras recibir peticiones directas de Arabia Saudí, Qatar y Emiratos Árabes Unidos, tres aliados fundamentales de Washington en Oriente Próximo. La decisión, anunciada por el propio mandatario en sus redes sociales, refleja el delicado equilibrio geopolítico que atraviesa la región después de semanas de tensión militar, negociaciones indirectas y amenazas cruzadas.
El anuncio no implica, sin embargo, una desescalada consolidada. Trump dejó claro que el Pentágono mantiene preparados los planes militares y que el ataque podría ejecutarse “en cualquier momento” si las conversaciones fracasan. La pausa aparece así más como una ventana táctica para intentar cerrar un acuerdo que como un verdadero cambio de estrategia.
“No tendrá lugar el ataque previsto contra Irán”, escribió Trump, aunque añadió inmediatamente que había ordenado a sus mandos militares estar listos para “avanzar con un ataque a gran escala contra Irán en cualquier momento, en caso de que no se llegue a un acuerdo aceptable”.
La contradicción resume bien el momento actual: Washington combina presión diplomática extrema con la amenaza constante de una reanudación bélica.
La intervención diplomática de las monarquías del Golfo no es casual. Aunque mantienen profundas diferencias estratégicas con Irán, también saben que una guerra abierta tendría consecuencias devastadoras para toda la región. El temor principal sigue siendo el estrecho de Ormuz, por donde circula cerca del 20% del petróleo y gas mundial.
Desde el inicio del conflicto, Teherán ha utilizado el estrecho como herramienta de presión geopolítica. El bloqueo parcial del corredor marítimo disparó las tensiones energéticas internacionales y encendió las alarmas en las economías del Golfo, altamente dependientes de la estabilidad comercial y petrolera.
Por eso, la petición realizada a Trump por el emir qatarí Tamim bin Hamad Al Thani, el príncipe heredero saudí Mohamed bin Salman y el presidente emiratí Mohamed bin Zayed responde menos a una afinidad con Irán que al temor de un colapso regional incontrolable. La diplomacia del Golfo intenta ahora consolidar un escenario de contención donde Washington obtenga garantías nucleares iraníes sin desencadenar otra guerra de desgaste en Oriente Próximo.
Teherán mueve ficha, pero Washington endurece el tono
El anuncio estadounidense coincidió con informaciones procedentes de Teherán sobre una nueva contrapropuesta iraní transmitida mediante mediación paquistaní. Según los medios iraníes, el plan incluiría medidas graduales para aliviar la crisis, reabrir plenamente el estrecho de Ormuz y discutir posteriormente cuestiones más delicadas como el enriquecimiento de uranio.
Sin embargo, la Administración Trump se ha negado oficialmente a confirmar concesiones relevantes. De hecho, pocas horas antes del anuncio de la cancelación del ataque, el propio presidente endureció su discurso. “No estoy abierto a nada en este momento”, declaró Trump al New York Post cuando fue preguntado por posibles flexibilizaciones respecto al programa nuclear iraní.
Ese mensaje evidencia las enormes diferencias que siguen separando a ambas partes. Irán aspira a lograr alivio económico inmediato, especialmente mediante la relajación de sanciones petroleras y la liberación de fondos congelados en bancos extranjeros. Estados Unidos, por su parte, continúa exigiendo límites mucho más amplios sobre el programa nuclear iraní y garantías permanentes sobre el enriquecimiento de uranio.
Fuentes iraníes sostienen que Washington habría aceptado liberar parcialmente fondos iraníes bloqueados y permitir ciertas actividades nucleares civiles bajo supervisión internacional. Pero los funcionarios estadounidenses niegan que exista un acuerdo de ese alcance.
Mientras tanto, el propio Trump alterna mensajes conciliadores con advertencias militares. Hace apenas unos días insinuó que podría aceptar una moratoria temporal sobre el enriquecimiento de uranio, algo que habría supuesto una rebaja importante respecto a su exigencia inicial de eliminación completa del programa. Poco después volvió a lanzar amenazas directas contra Teherán.
“Para Irán, la cuenta atrás continúa, y más vale que se vayan moviendo, RÁPIDO, o no quedará nada de ellos. ¡CORRE EL TIEMPO!”, escribió el domingo en Truth Social.
La retórica iraní tampoco ha disminuido. La Guardia Revolucionaria ha amenazado con ampliar sus controles sobre el tráfico marítimo en Ormuz y mantiene una intensa campaña propagandística interna presentando el conflicto como una resistencia frente a la presión occidental.
Aunque formalmente existe un cese parcial de hostilidades desde abril, la región sigue lejos de una estabilidad real. En los últimos días se han registrado ataques con drones lanzados desde territorio iraquí y operaciones atribuidas a grupos aliados de Irán contra países del Golfo.
Arabia Saudí afirmó haber interceptado varios drones procedentes del espacio aéreo iraquí, mientras Emiratos informó de un incendio provocado por otro aparato en una instalación energética sensible.
Ese escenario demuestra que el conflicto ha dejado de limitarse a una confrontación bilateral entre Washington y Teherán. La guerra ha extendido una red de tensiones híbridas donde participan milicias regionales, actores aliados y operaciones indirectas difíciles de controlar. @mundiario
