PADRES VIVOS, HIJOS HUÉRFANOS.

Por Aik Ambiorix .
El autor es gerente de Prensa Hispana.
Miembro de la Fundación Verdėes.

¿Quién ha fallado a quién? ¿La sociedad al individuo o el individuo a la sociedad? La pregunta no es nueva, pero sí más vigente que nunca. Aristóteles, hace siglos, sentenció con claridad: El hombre es un ser social por naturaleza; quien no puede vivir en sociedad, o no la necesita por su suficiencia, es una bestia o un dios. Hoy, en pleno siglo XXI, lo que vemos nos empuja a reformular su pensamiento: ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo cuando los padres están vivos, pero los hijos crecen como huérfanos?

Y no, no hablamos de tragedias naturales ni de guerras que arrebatan la vida. Hablamos de algo más común, más silencioso y más brutal: la ausencia emocional, afectiva y formativa de los padres vivos.

Vivimos en un tiempo donde los dispositivos tienen más atención que los hijos, donde el trabajo y el ocio digital compiten y ganan contra la conversación en casa, donde los padres están físicamente presentes, pero mental, emocional y moralmente ausentes. Hay niños con la nevera llena, ropa nueva y escuela paga, pero con el corazón vacío, los valores rotos y el alma en búsqueda de referentes que no encuentran bajo el mismo techo.

Estamos criando una generación de hijos huérfanos de padres vivos. Huérfanos que no heredarán principios sino confusión; no ejemplos, sino excusas; no amor firme, sino caprichos disfrazados de “libertad”. Y luego, cuando esa cosecha llegue —porque llegará—, lloraremos frutos torcidos por raíces descuidadas. Nos lamentaremos de su violencia, de su frialdad, de su falta de rumbo, de su carencia de empatía… Pero fuimos nosotros quienes sembramos esa orfandad invisible.

¿Dónde están los padres? ¿En qué momento cambiaron el “te quiero” por un “después hablamos”? ¿Cuándo fue que ser proveedor sustituyó ser formador? ¿Cuándo fue que permitirlo todo se volvió más cómodo que enseñar lo correcto?

No se trata de moralismos vacíos ni de discursos nostálgicos. Se trata de entender que ningún programa social, escuela privada o contenido “positivo” en redes reemplazará la voz, el ejemplo y el tiempo de un padre o una madre en casa. Quien cría sin presencia, termina criando sin influencia.

Y aquí volvemos a Aristóteles. El que se aísla de la sociedad, se mutila. Pero ¿qué pasa cuando dentro del hogar, la primera sociedad que conocemos, los lazos están mutilados? Pasa lo que estamos viendo: una generación que no sabe amar, ni obedecer, ni construir; una generación que se cree dueña de derechos sin deberes, libre sin límites y poderosa sin responsabilidad.

Estamos rayando el alma de nuestros hijos. No con golpes, sino con abandonos disfrazados de progreso. No con gritos, sino con silencios eternos. No con odio, sino con indiferencia.

Aún hay tiempo. Tiempo de volver. De tocar la puerta de sus habitaciones, de mirarlos a los ojos y decirles: Estoy aquí. No solo para pagar tus cuentas, sino para formar tu carácter. No solo para exigirte, sino para enseñarte. No solo para corregirte, sino para acompañarte.

Porque peor que estar muertos… es estar vivos y no ser padres.

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