Túnez no fue la peor selección del Mundial 2026. Tampoco la menos competitiva. Sin embargo, pocas selecciones transmitieron una sensación de descontrol tan grande como las Águilas de Cartago. Su participación terminó convertida en un ejemplo de cómo una mala gestión puede arruinar cualquier proyecto deportivo, incluso antes de que el balón empiece a rodar.
La decisión que marcó el torneo llegó después del primer partido. Tras la goleada encajada ante Suecia (5-1), la Federación Tunecina destituyó a Sabri Lamouchi apenas unos meses después de haberle entregado el proyecto y después de un único encuentro mundialista. La reacción fue inmediata: contratar a Hervé Renard para intentar salvar una situación que ya parecía muy comprometida.
La apuesta no funcionó. Renard dirigió únicamente dos encuentros, ambos con derrota, y terminó abandonando el cargo apenas unas semanas después de asumirlo. Túnez cerró el torneo con derrotas ante Suecia, Japón y Países Bajos, doce goles encajados y la sensación de que el problema iba mucho más allá del nombre del entrenador.
Porque cuando una selección cambia de seleccionador en mitad de un Mundial, normalmente no está solucionando una crisis. Está intentando apagar un incendio. Y en el caso tunecino, el incendio llevaba tiempo gestándose. La propia historia reciente de la federación está marcada por conflictos internos, tensiones institucionales y decisiones cuestionadas desde distintos sectores del fútbol del país.
La situación se volvió todavía más caótica durante el torneo. Ocho futbolistas tunecinos dieron positivo por trazas de clembuterol en un caso que se encuentra bajo investigación y que la expedición relacionó con una posible contaminación alimentaria durante su estancia en México. Aunque los jugadores no fueron sancionados, el episodio añadió más ruido a una concentración que ya estaba completamente desestabilizada.
El caso de Túnez tampoco aparece en un vacío. El fútbol africano ha demostrado durante años que puede competir al máximo nivel cuando existe una estructura sólida detrás. Marruecos alcanzó las semifinales en 2022, Egipto y Senegal llevan años siendo referencias continentales y Cabo Verde se convirtió en una de las grandes historias de este Mundial. El problema no es el talento. Nunca lo fue.
La diferencia suele aparecer fuera del campo. En los últimos años se han repetido conflictos relacionados con primas impagadas, problemas administrativos, enfrentamientos entre federaciones y jugadores o dificultades logísticas que rara vez se ven en las grandes potencias del fútbol mundial. Antes de este Mundial, Senegal convivió con tensiones internas por pagos pendientes y problemas organizativos que el propio entorno de la selección reconoció públicamente.
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No es una situación nueva. Ghana protagonizó uno de los episodios más famosos de la historia de los Mundiales cuando el Gobierno tuvo que enviar millones de dólares en efectivo a Brasil 2014 para resolver un conflicto relacionado con primas. Casos similares han aparecido periódicamente en distintas selecciones africanas durante las últimas décadas.
Por eso el fracaso de Túnez trasciende una simple eliminación. Lo ocurrido en Norteamérica vuelve a demostrar que el talento por sí solo no basta. El fútbol africano ha reducido distancias con las grandes selecciones del planeta en el aspecto deportivo, pero en demasiados casos sigue arrastrando problemas estructurales que las potencias llevan décadas resolviendo.
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Y ahí está probablemente la principal lección que deja la caída tunecina. Mientras algunas federaciones africanas avanzan hacia modelos cada vez más profesionales y competitivos, otras continúan atrapadas en dinámicas de improvisación que terminan pasando factura. En un Mundial se puede perder por una mala noche. Lo que resulta mucho más difícil es sobrevivir cuando el desorden empieza mucho antes del primer partido. @mundiario
